A 50 años de los secuestros de los estudiantes secundarios

Tras declarar en el juicio a los comandantes, uno de los sobrevivientes del operativo de secuestros de una decena de estudiantes platenses, recibió un pedido inesperado: el hijo del represor Luis Héctor Vides quiso que perdonara a su padre. Cincuenta años después, Pablo todavía busca a sus compañeros desaparecidos.

Fotos: Gentileza Pablo Díaz.

 

Nada fue igual desde que Pablo Alejandro Díaz se sentó ante la Cámara Federal para declarar en el juicio a los comandantes. Con nervios, el muchacho habló de un operativo de secuestros de estudiantes secundarios que tuvo lugar en septiembre de 1976. Su testimonio sacudió a jueces y periodistas, pero fundamentalmente a una sociedad que estaba accediendo a un conocimiento sistemático de cómo se había implementado el terrorismo de Estado unos años antes. Ni las familias de los represores quedaron ajenas a esa declaración que hablaba de la desaparición de pibes y pibas de entre 16 y 18 años. A los pocos días, el hijo del responsable del operativo pidió ver a Pablo. Él accedió. A lo que no pudo acceder fue al pedido del muchacho de que perdonara a su padre. Cincuenta años después de esos secuestros, Pablo todavía sigue buscando a sus compañeros de la militancia estudiantil de La Plata.

El 9 de mayo de 1985, Pablo Díaz tomó un micro desde La Plata para ir al centro porteño. Tenía que presentarse ante los jueces que estaban juzgando a las tres primeras Juntas Militares que habían manejado el país desde 1976. Le temblaban las piernas mientras subía las escalinatas del Palacio de Justicia.

Cuando tomó el estrado, Andrés D’Alessio presidía la audiencia. Lo primero que mencionó fue que él había sido parte de un grupo de víctimas que tenían en común la lucha por el Boleto Estudiantil Secundario (BES).

Pablo había sido secuestrado en la madrugada del 21 de septiembre de 1976. Llevaba varios días evitando volver a su casa porque sabía que se habían estado llevando chicos y chicas de otros colegios de La Plata.

Él estudiaba en la escuela a la que llamaban La Legión Extranjera porque admitía a quienes habían repetido años o sido expulsados de otros establecimientos. El 17 de septiembre de ese año, cuando llegaba a clases, unos amigos le advirtieron que se fuera porque la policía había ido a preguntar por él. Buscó refugio con un compañero que trabajaba de sereno en una estación de servicio: llegó a dormir en una heladera de las que se usaban para almacenar bolsas de hielo.

El 20 de septiembre, Pablo se reunió con su padre en el Parque Saavedra de La Plata. Le preguntó qué había hecho. Volantes, pintadas. Ambos convinieron que no era grave y que podrían explicarlo si lo iban a buscar. Esa noche, Pablo volvió a su casa e incluso preparó un bolsito para el día siguiente: no quería perderse el picnic del Día del Estudiante.

En la madrugada, los golpes en la puerta despertaron a la familia. Pudo ver poco: hombres con pantalones de fajina, pulóveres y pasamontañas ingresaron. Al rato notó que entraba uno con la cara descubierta. En el juicio, lo nombró: dijo que, a través de fotos que había visto en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), pudo saber que era el comisario (Luis Héctor) Vides. Lo recordaba de unos 40 o 45 años, robusto y con el pelo canoso.

Esa noche, Pablo fue llevado al campo de Arana, que funcionó como un centro dedicado a la tortura sin límite en el tiempo. A los días fue trasladado al Pozo de Banfield. Allí pudo saber que estaban otros estudiantes secundarios: María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Daniel Racero y Francisco López Muntaner. Todos habían sido secuestrados durante la madrugada del 16 de septiembre.

Pablo estuvo en Banfield hasta el 28 de diciembre de ese año, cuando le anunciaron que pasaría al Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Cuando se despidió, María Claudia le rogó que avisara a sus familias y que brindara por ellos cada fin de año. “Van a salir”, gritó él mientras dos represores lo llevaban en andas.

Para entonces, Pablo pesaba poco más de 40 kilos. No se sostenía con sus propias piernas. Para mejorar su estado –alimentarlo, asearlo– lo llevaron al Pozo de Quilmes. Luego lo trasladaron a la comisaría 3ª de Valentín Alsina. Tras ese periplo, lo ingresaron en la Unidad 9 de La Plata, donde estuvo hasta 1980. Su primer destino en la U9 fue la enfermería. Estuvo internado hasta febrero o marzo de 1977, cuando recién autorizaron a su familia a verlo.

El encuentro

Marisa, hermana menor de Pablo, tenía al hijo de Vides en su grupo de amigos. Se llamaba Guillermo. “Cuando yo nombro a Vides en el juicio a los comandantes, mi hermana sabe quién era el padre de su amigo, y viene a decirme que él quería hablar conmigo. Al principio, le digo que no porque él no tenía nada que ver, pero después accedo por pedido de ella”, cuenta Pablo.

La cita se concertó en un bar tradicional de La Plata. Pablo estaba nervioso. Temía que fuera una emboscada, por lo que decidió tomar sus recaudos: le avisó a Estela de Carlotto, dirigente de Abuelas de Plaza de Mayo, y a integrantes de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas de La Plata.

Más de 40 años después de ese encuentro, Pablo recuerda algunos detalles de aquella charla. “Me contó que su padre volvía en la mañana a la casa directamente a bañarse. Eso claramente era por el trabajo que hacía en los centros clandestinos. Incluso me habló de un piano que había traído a la casa en un camión del Ejército”, relata.

Campaña Dónde Están. Gentileza Pablo Díaz

Un lobo en La Plata

Luis Héctor Vides fue juzgado al año siguiente en lo que se conoce como la causa 44. Fue uno de los dos absueltos por la Cámara Federal. Cuando lo indagaron, dio algunos datos de su trayectoria personal. Dijo que entre el 24 de marzo de 1976 y mediados de 1977 había estado en la Dirección de Investigaciones de la Policía Bonaerense que comandaba Miguel Osvaldo Etchecolatz. Después, había pasado a la Dirección de Inteligencia y luego se había retirado de la fuerza.

Negó haber participado de secuestros y torturas. Particularmente, dijo que él no había estado al momento de la detención ilegal de Pablo Alejandro Díaz. Lo único que reconoció fue haber detenido a Gustavo Calotti –otro estudiante secundario que fue secuestrado ese septiembre de 1976 mientras trabajaba como cadete en la Jefatura de la Policía–.

En una ampliación de la indagatoria, Vides dio datos que debieron haber comprometido su situación procesal, ya que le achacaban ser quien torturaba en Arana. Sin embargo, la información no conmovió a los jueces. Explicó que Arana dependía de la Brigada de Investigaciones de La Plata y esta, a su vez, del Área Metropolitana con asiento en Banfield –o sea, el Pozo de Banfield–. Toda esta estructura funcionaba bajo la órbita de la Dirección de Investigaciones de La Plata que él mismo admitía integrar.

Vides se presentó, además, como segundo jefe de la Brigada de Investigaciones de La Plata –que funcionó como un nodo por donde pasaba gran parte de los secuestrados en esa ciudad antes de ir a otros centros clandestinos–. Incluso dijo que su esposa le había recordado que él era padrino de una niña nacida en la Brigada.

Durante más de 20 años, Vides gozó de impunidad. Murió el 17 de septiembre de 1998 mientras arreglaba su jardín en Villa Elisa, publicó La Nación. Ese año su nombre se escucharía una y otra vez en los Juicios por la Verdad de La Plata.

Tu vida depende de Etchecolatz y Vides

El día que Vides murió se cumplían 22 años del secuestro de Emilce Moler, sobreviviente como Pablo Díaz del operativo que se conoce como La Noche de los Lápices.

Emilce estudiaba en quinto año del Bachillerato de Bellas Artes. Compartía militancia con María Claudia y María Clara, con quienes había estado el día anterior a su secuestro. A ellas se las encontró en el campo de Arana, ese lugar de tortura sin límite.

El 23 de septiembre de 1976, Emilce fue parte de un traslado desde Arana. Varios secuestrados fueron subidos a un camión. Hubo una primera parada en la que bajaron María Claudia, María Clara, Horacio, Daniel, Claudio y Panchito. Todos ellos descendieron en la brigada de Siciliano y Vernet de Banfield, el último lugar en el que fueron vistos con vida.

Emilce siguió hasta la brigada de Quilmes. Allí, una noche, logró verla su padre, Oscar Moler, que era comisario inspector retirado. A través de conocidos, pudo saber dónde estaba su hija.

–Tu vida depende de Etchecolatz y Vides– le dijo a Emilce.

Ella no sabía quiénes eran. Llevaba días sufriendo tormentos, sin comida y sin poder asearse. Casi no lograba recuperarse del terror que le provocó que la sacaran de la celda a mitad de la noche.

–El problema es que Etchecolatz fue subalterno mío y lo sancioné porque hacía cosas malas. Ahora dicen que está esperando que vaya a pedir por tu vida– siguió el padre.

–Bueno, no vayas– le respondió la chica.

–No, no, voy a tener que ir– sentenció él.

Oscar Moler nunca llegó a entrevistarse con Etchecolatz ni con Vides. Emilce fue trasladada a la comisaría 3ª de Valentín Alsina. De allí, la llevaron a la cárcel de Devoto, de donde salió en 1978. Estuvo en libertad vigilada hasta 1979. Sobre ella regía una prohibición: volver a La Plata.

En 1986, los Moler declararon por exhorto desde Mar del Plata en la causa 44, que tenía como imputados a Ramón Camps, Etchecolatz y Vides, entre otros.

El 24 de febrero de 1999, Emilce testificó ante la Cámara Federal de La Plata en los Juicios por la Verdad. Allí mencionó a Vides como responsable de su secuestro. Explicó incluso que a su padre le habían sugerido hablar con Raúl Vargas si no podía llegar a Vides.

Las menciones al “Lobo” Vides se repitieron durante los juicios que arrancaron a partir de 2006. En distintos procesamientos aparece como quien conducía un grupo de tareas que funcionaba en la Brigada de Investigaciones de La Plata. También se encontró un documento que muestra que recibió un reconocimiento en 1976 por “hechos ocurridos” ese año.

En 2007, María Mercedes Molina le contó al Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de La Plata que ella había nacido en la Brigada de Investigaciones de la capital bonaerense. Su madre, Liliana Galarza, había sido secuestrada cuando estaba embarazada de cuatro meses. Mercedes llegó a ser bautizada. Su madrina fue Magdalena Mainer –otra secuestrada que era médica y sigue desaparecida– y el “Lobo” Vides. Era el caso que él mismo había mencionado en la causa 44. El ajuar de la beba lo proveyó la esposa del represor.

El juez Daniel Rafecas reconstruyó que entre junio de 1976 y marzo de 1977 Vides estuvo a cargo de la División Cuatrerismo de la Bonaerense. De ella dependía el destacamento de Arana.

Pablo recuerda todavía cómo terminó la charla con el hijo de Vides. “Yo le dije que lo podía perdonar, pero los que están desaparecidos no pueden hacerlo”, dice con amargura. A ellos, él los sigue buscando.


Luciana Bertoia es periodista y docente universitaria. Estudió Periodismo en TEA, Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y realizó la Maestría en Derechos Humanos y Democratización en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), con beca de dedicación exclusiva. Actualmente es doctoranda en Ciencias Sociales en la UBA. Se desempeña como periodista en Página/12, especializada en temas judiciales y de derechos humanos, y fue subeditora de Política en el Buenos Aires Herald. Desde hace nueve años dicta clases en la carrera de Justicia y Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Asimismo, se ha desempeñado y colaborado en diversos medios de comunicación, entre ellos la TV Pública, Radio Provincia de Buenos Aires, Somos Radio, El Cohete a la Luna, El Destape, Anfibia, Crisis, Caras y Caretas, The International Justice Tribune (La Haya) y The Guardian.