El gobierno nacional se encuentra en su peor momento en la opinión pública, justo cuando la sociedad argentina se posiciona en la línea de largada de la campaña electoral. Al ya trillado problema del mal llamado “crecimiento en dos velocidades” se le sumó la agenda del endeudamiento familiar. Ante esta realidad, Javier Milei y Santiago Caputo echaron mano a un viejo recurso que la ciencia política conoce desde hace décadas.
La forma en la cual los seres humanos supimos organizar nuestras sociedades a lo largo de los siglos, incluso antes de la Modernidad, tiene aparejado un dilema fundamental. A nivel subnacional, las sociedades son de todo, menos homogéneas. La sociología, la ciencia política y las ciencias sociales en general existen gracias a este hecho evidente: las personas tenemos diversos intereses definidos por la confluencia de muchísimos factores -clase social, género, religión, ideología, color de piel, orientación sexual o historia compartida, entre otros-. Para complicar aún más el asunto, cada sociedad y cada momento histórico producen su mezcla específica de estos factores. Los politólogos tenemos una palabra que nos encanta: clivaje. Este término refiere precisamente a los tópicos que definen el conflicto sociopolítico en un tiempo y un momento determinados.
Al pasar a la escala internacional la cosa cambia. Allí también hay intereses, pero se trata de intereses nacionales. Cada Estado luce como un bloque compacto, homogéneo, caracterizado por un interés nacional que trasciende a las divisiones sociales y con una existencia histórica que sobrepasa a los gobiernos de turno (volveremos sobre esto más abajo al pensar la coyuntura que une a Argentina con Estados Unidos).
Esta tensión fue teorizada por distintos académicos. Veamos los puntos principales.
¿Qué nos dice la teoría?
La producción académica es abundante, al punto de que podría escribirse un libro entero tan solo para reseñarla. También es cierto que la misma está centrada en Estados Unidos por varios motivos: sus extensas series de estudios de opinión pública (el país del norte fue pionero en esta área), el financiamiento de su sistema de investigación y una evidente inclinación hacia los estudios empíricos (a diferencia, por ejemplo, de la ciencia política europea, mucho más arraigada en la filosofía política).
Un concepto que circula con fuerza ante situaciones de conmoción es el de rally round the flag (“juntarse alrededor de la bandera”), que señala que la opinión pública se vuelve más favorable al gobierno en situaciones de conmoción. La idea fue propuesta y estudiada por John Mueller en 1970 y tuvo un reverdecimiento durante la pandemia de coronavirus, donde los oficialismos experimentaron una luna de miel en la opinión pública ante las primeras medidas sanitarias (muy claro en el caso argentino). Sin embargo, y tal como anticipó el propio Mueller, el efecto es acotado en el tiempo: echa un poco de leña que energiza a los oficialismos, pero esta se consume rápido, sobre todo cuando los efectos secundarios comienzan a pesar más que el entusiasmo.
Algunos años después, en 1988, Robert Putnam planteó una teoría más compleja para vincular la opinión pública con la geopolítica. La llamó two-level game theory (“teoría de juego en dos niveles”). El mérito de Putnam fue evitar la tentación y el error más común que se comete al analizar contextos complejos: suponer que hay un único factor, o a lo sumo un conjunto acotado de factores, que son determinantes, mientras que todos los demás fenómenos están subordinados a él. Para este académico, los tomadores de decisiones observan dos tableros en simultáneo, mutuamente influenciados: la arena internacional, por un lado, y la política doméstica, por otro. En función de los objetivos que cada elenco gubernamental se plantee, que pueden combinar el interés nacional/general, y el interés particular/electoral del bloque en el gobierno, los mandatarios juegan en ambos tableros teniendo en cuenta que cada jugada en uno de ellos influirá en el otro.
Esto nos lleva al último trabajo que veremos en esta breve reseña: el de Cannes-Wrone y Shotts (2023), quienes plantearon una “naturaleza condicional de la respuesta presidencial hacia la opinión pública”. Para estos autores, el nivel de desgaste en la opinión pública y la proximidad a una contienda electoral generan incentivos en los oficialismos para tomar medidas que los favorezcan “en las encuestas de opinión”.
Pero no hace falta ser un académico para tener una buena intuición política: mucho de lo que está escrito en la literatura especializada fue visto, de forma intuitiva, en los comentarios posteriores a la cadena nacional.
Como la economia del país está horrible, la de campaña de Milei va a ser decir “tienen que votarnos en 2027 porque Estados Unidos QUIZAS cambia su posición sobre Malvinas si estamos nosotros, si ganan los kukas no”. https://t.co/HvOLfobTVs
— Quimey Herrera (@QuimeyHerrera01) September 4, 2026
Como muestra esta publicación, la conexión entre la cadena nacional “malvinera” de Milei y su debilidad en la opinión pública son evidentes para el universo opositor.
Milei y su “juego en dos niveles”
Los supuestos planteados en la literatura científica parecen estar presentes: un gobierno golpeado en su imagen y una campaña electoral que ya comenzó lo ubican ante la necesidad de dar algún tipo de respuesta a la opinión pública. Esto ocurre en el contexto de una situación económica que emerge como principal problema y cuyas posibles soluciones están acotadas, como demuestra la propia interna del gobierno en la cual el propio Javier Milei aparece como cabeza del ala más intransigente (junto a Federico Sturzenegger y en contraste con Luis Caputo).
En Vozna Consultores medimos mensualmente el pulso de la opinión pública nacional. Como puede verse en el siguiente gráfico, el gobierno está en una meseta que compromete seriamente su potencia electoral.

Evaluación de gestión nacional (20 al 24 de agosto de 2026). Encuesta CAWI (online) de 1494 casos. Margen de error: ± 2,5 para un intervalo de confianza del 95%.
Como analizamos en otra nota para Revista Cordón, el episodio de la bandera con la consigna “Las Malvinas son argentinas” durante el mundial puso de relieve la vigencia e importancia que las y los argentinos damos a este tema. Es un tópico en el cual el gobierno libertario venía quedando a contramano y que le resultó siempre particularmente incómodo. El pez por la boca muere: fue el propio líder de La Libertad Avanza quien se encargó en varias oportunidades de dejar en claro su admiración hacia Margaret Thatcher, responsable de la muerte de 649 argentinos (323 de ellos en el criminal hundimiento del ARA General Belgrano fuera de la zona de exclusión marítima) y de su respeto hacia el supuesto derecho a la autodeterminación de los kelpers. El resultado: la mitad de los argentinos cree que al presidente no le interesa el reclamo histórico de soberanía argentina sobre las islas.

Encuadre sobre el posicionamiento del gobierno argentino ante el reclamo (20 al 24 de agosto de 2026). Encuesta CAWI (online) de 1494 casos. Margen de error: ± 2,5 para un intervalo de confianza del 95%.
Visto desde la óptica del gobierno, puede leerse que la otra mitad de la población está abierta a considerar que existe un interés oficial por el tema. Eso abre la posibilidad a jugar en el tablero internacional para mejorar la posición en la arena doméstica.
Para cerrar, cabe preguntarse por el alcance de las medidas. Donald Trump quien, fiel a su concepción transaccional de la política, utiliza el reclamo como prenda de negociación con el gobierno británico. La relación entre nuestro país y Estados Unidos no es un vínculo entre Estados, sino un acuerdo entre gobiernos (uno de los cuales, el de Trump, ya está de salida) cementado sobre la afinidad ideológica.
El efecto del nuevo escenario sobre la opinión pública está por verse. Lo sabremos cuando contemos con nuevos datos. Lo que queda claro es que, para Javier Milei, Malvinas es tan solo un tablero en su juego de poder.




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