Por Julieta Waisgold*
Foto: Matías Baglietto

Desde el comienzo de la gestión de Milei hay una pregunta que se repite: ¿en qué momento la opinión pública dejará de acompañar al gobierno que dijo estar haciendo el mayor ajuste de la historia de la humanidad? ¿La respuesta está en la economía, en los escándalos, en las internas?

La pregunta insiste como si hubiera un acontecimiento esclarecedor y se pudiera saber de antemano. Porque es cierto, los puntos de quiebre existen. En la crisis de diciembre de 2001, el corralito fue la gota que rebalsó el vaso. La foto de la cena de Olivos del ex presidente Alberto Fernández en plena pandemia fue una imagen que pronunció el desgaste de su gobierno.

El quiebre institucional de 2001 tuvo una razón económica, pero también muy específica: el momento en que se tocó el bolsillo de la clase media. En el caso del gobierno de Alberto Fernández, la caída de imagen estuvo profundamente marcada por la pérdida de confianza que la foto aceleró aún más. A eso se sumaron los problemas económicos y las internas, hasta llevarlo a terminar su mandato con niveles de aprobación muy bajos.

Ninguno de esos dos momentos podía adivinarse de antemano. Por eso, tal vez más que de anticipar quiebres, se trata de entender los procesos e identificar comportamientos de los gobiernos respecto a sus propios contratos electorales.

Y ahí es donde aparecen indicios de que el gobierno de Milei está atravesando un momento de quiebre. Por primera vez,  acumula dos períodos seguidos de caída en la imagen y las expectativas económicas. Antes de la elección de octubre del año pasado, ya había atravesado varios meses de deterioro y tras una recuperación, ahora vuelve a entrar en una dinámica similar. Otra vez cuatro meses de caída, hasta el momento sin rebote. Ese patrón, que antes se interrumpía, ahora se repite porque se ve al gobierno sin reflejos, tanto para avanzar en sus promesas económicas como para protagonizar el cambio radical que había prometido.

El alza de la inflación junto a los problemas en la actividad y el empleo frustran la vida cotidiana de los argentinos, mientras que los escándalos vinculados a casos de corrupción funcionan como puntos de erosión de la promesa de cambio, exponiendo debilidades y desordenando la palabra oficial. Todo esto ocurre además en medio de un escenario político cada vez más endurecido por el nivel de internas del gobierno y un marco de alianzas políticas “por tema” que tampoco ayuda para volver a darle sostenibilidad.

Encerrado en sí mismo, el oficialismo pierde la capacidad de ir a la ofensiva y tampoco logra replegarse ni ordenar su propia debilidad para poder avanzar. Es decir, pierde la posibilidad de seguir simbolizando el cambio que prometió.

No se trata de afirmar que Milei ya encontró su punto de quiebre, sino de registrar que varias de las condiciones que hicieron posible su llegada al poder empiezan a alterarse al mismo tiempo, es decir que estamos en un momento distinto. Los puntos de quiebre no se anuncian, pero se van construyendo en el tiempo de la mano de la ruptura del contrato electoral con la gente.


*Es periodista de TEA, abogada de la UBA y diplomada y maestranda en Comunicación Política de la Universidad Austral.
Siempre le gustó la política y hace más de 15 años empezó a trabajar en comunicación buscando conocer y entender el detrás de escena. Sus primeros pasos fueron en el Congreso de la Nación y más tarde se desempeñó como asesora y coordinó equipos en distintas áreas del Estado Nacional. Trabajó en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, en ACUMAR y en el Ministerio de Salud de la Nación.
En 2019, coordinó el equipo de discurso de la campaña presidencial de Alberto Fernández.
De manera autodidacta, en los últimos años se formó en lecturas sobre populismo y nuevas derechas. Y fueron esas lecturas las que la llevaron a hacer un curso de posgrado sobre teorías sociales y políticas posestructuralistas en Flacso. Está en desarrollo de su tesis de maestría.
Además, fue ponente en distintos congresos de Comunicación Política, como el de la Asociación Latinoamericana de Investigación en Campañas Electorales (ALICE) y la Cumbre Mundial de Comunicación Política. Escribe con cierta periodicidad en distintos medios nacionales, como Perfil y Página 12.
Los que no la conocen suelen preguntarle si es politóloga. Ella contesta que es poeta y justiciera.