El gobierno de Milei no para de caer frente a la opinión pública. Los problemas económicos, los escándalos, las internas -y la falta de registro sobre todo eso- parecen conducir al diagnóstico lógico de que, si sigue así, solo puede seguir perdiendo legitimidad. Sin embargo, la continuidad de su proyecto político no puede leerse de modo lineal.
En medio de escándalos y con sus economías cayendo, tanto Donald Trump en Estados Unidos como Jair Bolsonaro en Brasil no pudieron renovar oportunamente sus primeros mandatos de manera inmediata, pero siguieron conduciendo a la oposición en sus países.
Basta recordar que Donald Trump logró volver a ser electo después de haber sido condenado por abuso sexual para ver que ni lo malos resultados electorales, ni los escándalos por sí mismos, representaron un punto final para este bloque político de derecha radical. Sus imágenes caen, sus gobiernos no se renuevan de forma automática, pero eso no implica que caigan sus proyectos políticos. Y en paralelo, las propuestas progresistas tampoco logran cristalizar su propio ideario en una visión común como lo hicieron a comienzos de este siglo.
Como lo muestra el último informe de Latinobarómetro de 2024, la confianza en las instituciones en Latinoamérica está en baja. A nivel local, además de los partidos políticos y los poderes del Estado, otros espacios de representación como los sindicatos y los movimientos sociales tienen problemas de imagen en la opinión pública argentina.
La infraestructura sobre la que se sostiene la política parece haber cambiado. Mientras que los viejos discursos polarizantes se legitimaban respondiendo a demandas organizadas -había trabajadores que se apoyaban en los sindicatos, pero también empresarios que encontraban ahí puntos de negociación-, los discursos radicales de hoy responden a problemas sociales que no están organizados como antes.
Si antes los líderes construían antagonismos interpelando a sujetos que formaban parte de distintas instituciones sociales, hoy la palabra política está cada vez menos expuesta a los debates de esas instituciones -que perdieron peso- y antes que cualquier otra cosa, buscan hablar para generar un efecto de sentido en una masa capilarizada y organizada vía algoritmos de una pantalla de celular.
Siguiendo una lógica fandom, la nueva forma de estructuración política se construye más a partir de la identificación directa y especular con los liderazgos que a través de los lazos entre la propia sociedad.
En el caso de Milei, uno de los primeros lugares en los que ese proceso de identificación directa se cristalizó con claridad fue durante el debate presidencial frente a Sergio Massa. Mientras algunos sectores de la opinión pública interpretaban las vacilaciones de Milei como signos de debilidad, parte de sus seguidores vieron en esa debilidad el reflejo de algo que podría pasarles a ellos mismos.
En el momento de la elección, y también ahora, muchos votantes del núcleo duro de Milei no estaban de acuerdo con aspectos centrales de su programa. Sin embargo siguen sosteniendo su figura, tal vez porque todavía hay algo de ese llamado a “los leones” del que quieren seguir sintiéndose parte.
Así, los puntos de encuentro parecen estar cambiando. Donde antes había una intensidad también mediada por ámbitos en donde se procesaban internas y distribuían desgastes, hoy predomina la intensidad de la identificación directa.
Las masas estables de las que hablaba Freud en Psicología de las masas -grupos humanos asociados a las clases sociales, a la organización del trabajo y a las comunidades profesionales-, le abren paso a otras formaciones sociales más pasajeras y a la vez más ruidosas.
La falta de esa vieja infraestructura democrática hace que los gobiernos tal vez tengan menos de qué sujetarse en una crisis, pero seguramente también hace que las dinámicas sociales sean un poco menos predecibles.
Así como hoy acceden al poder figuras que en otros momentos hubiera parecido imposible, también hay menos mecanismos de anclaje social donde aterrizar la política, tanto durante las crisis como fuera de ellas.

*Es periodista de TEA, abogada de la UBA y diplomada y maestranda en Comunicación Política de la Universidad Austral.
Siempre le gustó la política y hace más de 15 años empezó a trabajar en comunicación buscando conocer y entender el detrás de escena. Sus primeros pasos fueron en el Congreso de la Nación y más tarde se desempeñó como asesora y coordinó equipos en distintas áreas del Estado Nacional. Trabajó en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, en ACUMAR y en el Ministerio de Salud de la Nación.
En 2019, coordinó el equipo de discurso de la campaña presidencial de Alberto Fernández.
De manera autodidacta, en los últimos años se formó en lecturas sobre populismo y nuevas derechas. Y fueron esas lecturas las que la llevaron a hacer un curso de posgrado sobre teorías sociales y políticas posestructuralistas en Flacso. Está en desarrollo de su tesis de maestría.
Además, fue ponente en distintos congresos de Comunicación Política, como el de la Asociación Latinoamericana de Investigación en Campañas Electorales (ALICE) y la Cumbre Mundial de Comunicación Política. Escribe con cierta periodicidad en distintos medios nacionales, como Perfil y Página 12.
Los que no la conocen suelen preguntarle si es politóloga. Ella contesta que es poeta y justiciera.



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