Sobre el operativo “Tormenta Negra” contra “lo peor del conurbano”

Por The Walking Conurban
Foto: Instagram TheWalkingConurban

Apremiado por la competencia en el segmento más radicalizado de la derecha en el espectro político y con vistas a un año electoral que le será difícil de sortear sin sobresaltos, el Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), Jorge Macri, salió fuerte a la caza de la atención y de la intención de voto del electorado porteño. Razzias en las villas en busca de “narcotraficantes” y mega operativos de control en los accesos a la Ciudad para evitar que entre, en textuales palabras, “lo peor del conurbano”, son ejemplos de cómo un gobierno sin gestión y sin ideas, habiendo agotado ya la capacidad de expansión del embellecimiento urbano y sin poder estimular el hedonismo de personas que han dejado de ser habitantes de una ciudad que sólo se dedica a los servicios turísticos para convertirse en sus usuarios, busca recuperar la iniciativa apuntando hacia la forma más elemental de supervivencia: el temor.

No es ninguna novedad que los gobiernos -municipales, provinciales y nacionales- en todo tiempo y en todo lugar, utilicen la estrategia del enemigo externo o del extraño que nos acosa para construir una base de identidad y legitimidad cuando estas son cuestionadas. Numerosos autores, desde Thomas Hobbes a Carl Schmitt, han teorizado sobre el tema, pero no es nuestro caso, por cuestiones de espacio y de interés. La propuesta del siguiente texto no es analizar o historizar sobre el temor porteño a la invasión, que por cierto los acompaña desde la fundación misma de la ciudad -temor al malón, temor a la Provincia de Buenos Aires, temor al peronismo y temor al conurbano-, sino tratar de esquematizar cómo es que el conurbano subsidia diariamente a la Ciudad de Buenos Aires y preguntarnos si no ha llegado el momento de modificar los términos contractuales.

Lo primero que conviene señalar es que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires funciona gracias a una estructura laboral metropolitana que excede completamente sus límites administrativos. Millones de personas ingresan todos los días desde el conurbano para sostener tareas esenciales: enfermeros, médicos, camilleros, docentes, auxiliares escolares, policías, agentes penitenciarios, empleados de comercio, choferes, personal de limpieza, gastronómicos, operarios y trabajadores de mantenimiento. La Ciudad concentra recursos fiscales, infraestructura y salarios relativamente más altos, pero una parte considerable de la reproducción material de esa fuerza de trabajo ocurre fuera de su territorio. Las viviendas, las escuelas de sus hijos, los hospitales donde se atienden, el transporte cotidiano, las redes familiares y comunitarias que permiten sostener la vida diaria están en municipios que no participan proporcionalmente de la riqueza que esa misma mano de obra ayuda a producir en la Capital.

El caso de las fuerzas de seguridad es particularmente ilustrativo porque desmonta una de las operaciones discursivas más frecuentes de la política porteña contemporánea: el famoso “muro” con el que periódicamente se fantasea para separar a la Ciudad de su periferia estaría construido, metafóricamente hablando, con ladrillos fabricados en el propio conurbano. Distintos relevamientos periodísticos y sindicales vienen mostrando desde hace años que una parte muy importante del personal de la Policía de la Ciudad reside en municipios bonaerenses. La razón es simple: incluso con salarios relativamente mejores que en otras fuerzas provinciales, el costo inmobiliario porteño vuelve prácticamente imposible para gran parte de los efectivos acceder a una vivienda en CABA. Quienes custodian los accesos, las estaciones de subte, las escuelas, los centros comerciales y los barrios porteños suelen volver a dormir a La Matanza, Lanús, Quilmes, Moreno, Merlo o José C. Paz.

Algo similar ocurre con el sistema de salud. Los grandes hospitales públicos porteños, que fueron creados sobre la idea de que la capital de la Argentina también es la capital de los argentinos, funcionan como centros de referencia regional y concentran equipamiento, especialidades y financiamiento que no existe en muchos municipios del conurbano. Sin embargo, además de recibir pacientes bonaerenses, esos mismos hospitales son sostenidos cotidianamente por trabajadores que también llegan desde la Provincia. Enfermeras que salen de madrugada desde Florencio Varela para cubrir guardias en el Fernández, técnicos radiólogos que viajan dos horas hasta el Durand, personal de limpieza tercerizado que combina varios transportes para llegar al Argerich, residentes que alquilan piezas en el oeste porque vivir en la Ciudad resulta inaccesible. El sistema sanitario porteño depende de una geografía humana que desborda ampliamente las fronteras de la General Paz.

La educación presenta dinámicas similares. Una porción importante de docentes y auxiliares de las escuelas porteñas vive en el conurbano. La Ciudad puede exhibir mejores indicadores presupuestarios o salarios nominales relativamente más competitivos porque parte de los costos sociales asociados a esa fuerza de trabajo son absorbidos por otra jurisdicción. El tiempo de viaje, la precarización del transporte, la expansión periférica de los hogares y las dificultades habitacionales forman parte de una economía invisible que rara vez aparece cuando se habla de “mérito”, “eficiencia” u “orden urbano”. El funcionamiento cotidiano de la Capital descansa sobre una masa laboral que no habita aquello que sostiene.

El famoso “muro” con el que periódicamente se fantasea para separar a la Ciudad de su periferia estaría construido, metafóricamente hablando, con ladrillos fabricados en el propio conurbano.

Por eso, el discurso del “conurbano amenazante” cumple una función política precisa de jerarquías sociales y morales. El conurbano aparece asociado al desorden, a la violencia, a la suciedad, al clientelismo o a la marginalidad, mientras la Ciudad se imagina a sí misma como enclave racional, moderno y productivo. Esa operación requiere borrar permanentemente el carácter profundamente interdependiente del AMBA. Requiere invisibilizar que la persona que limpia oficinas en Puerto Madero, maneja un patrullero en Palermo o atiende una guardia pediátrica en Recoleta probablemente haya tomado un colectivo en el segundo cordón a las cuatro de la mañana. Por ellos, la categoría “conurbano” funciona muchas veces menos como descripción geográfica que como marcador de clase. En el discurso político y mediático se vuelve un significante capaz de condensar todos los miedos urbanos contemporáneos: delito, decadencia, ocupación del espacio público, pérdida de valor inmobiliario o colapso de servicios.

En términos coloquiales, el conurbano es el que agarra la pala y subsidia a la Capital. Lo hace aportando mano de obra, tiempo de viaje, energía social y costos de reproducción cotidiana que luego son administrativamente externalizados. La Ciudad obtiene trabajadores formados, sistemas logísticos regionales y servicios humanos esenciales sin asumir plenamente las consecuencias urbanas de esa dependencia estructural. No tiene que responder por la expansión periférica, por la presión habitacional, por las redes de cuidado comunitario ni por gran parte de las demandas sociales vinculadas a quienes todos los días sostienen su funcionamiento. El resultado es una paradoja profundamente argentina: mientras parte del discurso político porteño imagina muros defensivos contra el conurbano, la Ciudad continúa funcionando gracias a él.


*The Walking Conurban es una cuenta en Instagram y Twitter que crearon Diego Flores, Guillermo Galeano, Angel Lucarini y Ariel Palmiero, cuatro amigos de Berazategui que la iniciaron como una dinámica interna del grupo y se terminó convirtiendo en un suceso virtual que, hoy, recibe más de 50 fotos por día de sus seguidores para pintar, colectivamente, el Conurbano bonaerense.