Você que inventou a tristeza, ora, tenha a fineza de desinventar
(Usted que inventó la tristeza, vamos, tenga la delicadeza de desinventar)
Chico Buarque, “A pesar de você”

1.
Uno de los impactos políticos más fuertes de mi vida lo experimenté el 27 de octubre de 2002. Por una combinación académica afortunada, estaba en Brasil esa semana y fui a pasar de sábado a lunes con unos amigos argentinos que se habían ido a vivir a San Pablo. No fue una casualidad: me quedé porque el domingo era la segunda vuelta de las elecciones brasileñas. Como todo el mundo sabe, fue la primera elección que ganó Lula.

La edad me permite ser lulista de la primera hora, desde que en mi lejana juventud filo-troska supe de la aparición del Partido dos Trabalhadores, el PT, y su presencia fundamental en la lucha contra la dictadura brasileña, las huelgas obreras y la campaña por las Diretas Já, de 1983-84. No había duda de que en Brasil había que hinchar por Lula -y, de paso, por Corinthians, su time y el de Sócrates, el inventor de la democracia corinthiana-. En 1990 pude ir por primera vez de turista al Sur de Brasil -a Florianópolis, claro, con el Renault 12 sin aire acondicionado- y ver los autos con las calcomanías que pedían votar a Lula: había perdido las presidenciales con el chantapufi de Collor de Melo, de quien ya nadie se acuerda y al que echaron dos años después. Después perdió dos veces con Cardoso, y antes había perdido como alcalde, como senador, como lo que fuera. Pero el tipo perseveraba, y el PT crecía y crecía.

Pero ese 27 de octubre Lula ganó, después de las tres derrotas presidenciales. Compré remeras variadas de él y del PT para mis hijos, paseé por San Pablo con mis amigas y amigos argentinos esperando los resultados -entre ellos, con mi amiga Silvia, exiliada desde la dictadura argentina y militante de base del PT desde 1980, que me contó toda la historia del partido, sus idas y vueltas, sus triunfos y sus rupturas- hasta que se dieron los resultados, y allí nos fuimos para la célebre Avenida Paulista para la celebración. Creo que fue a la altura del MASP, el hermoso Museu de Arte de São Paulo; allí pusieron un escenario paralelo a la avenida, para que la multitud se dispusiera hacia ambos lados. No me pregunten cómo, pero estuve de frente al escenario, en el centro mismo de la cosa. Allí apareció Lula, vencedor, para su primer discurso. No lo voy a olvidar jamás: esa sensación de estar allí, en el momento justo en que la historia se está dando vuelta y vos lo estás viendo, en ese exacto tiempo y lugar.

2.
Lo mejor estaba por venir, porque allí comenzó una relación intensísima con Brasil y los y las brasileños/as: viajé muy seguido, fui profesor visitante cuatro meses en Campinas (100 km al norte de San Pablo) en 2003, en el primer año del primer gobierno Lula, di clases y conferencias, fui a mil congresos, me hice de decenas de hermanos y hermanas (ya entonces corría el chiste de que brasileños y argentinos éramos hermanos, porque a la familia te la embocan y a los amigos los elegís). Pero eran mis hermanos y mis hermanas, que son tantos que no los puedo contar. Nos quisimos y queremos con ese cariño del que sólo o povo brasileiro es capaz: risueño, generoso y franelero. Los amo hasta el punto de que cada gol de Alemania en 2014 fue una puñalada. Claro que quería que esa Copa la ganara Argentina, pero no que Alemania los goleara. Eso no se le hace a un hermano.

Por supuesto, todos mis amigos eran y son lulistas. No cabía otra posibilidad: podías criticar por izquierda, pero la experiencia de un gobierno presidido por un tornero, un metalúrgico, un pobre nordestino, que no traicionaba a su clase, sino que la defendía, era para todos irrefutable. “Se você quer, assim será, Lula lá”. Por eso, todo lo que ha sufrido Brasil desde la caída de Dilma -un grosero golpe de estado parlamentario, real y no ilusorio- me dolió personalmente, como lulista de la primera hora perfeccionado en el lulismo de mis amigos. Eran y son todos profesores universitarios: ellos vivieron esa parte del progresismo lulista, la de la creación de nuevas universidades, la ampliación de las vacantes, los cupos para pobres, negros e indios. Conocí a los hijos de obreros que llegaban a las universidades, a los descendientes de esclavos que llegaban a profesores.

3.
Eso era menor al lado de lo que los números dijeron: se había producido una transferencia de renta a las clases populares sin precedentes. No era suficiente (nunca alcanzará, y menos en Brasil), pero las políticas sociales y económicas mejoraron el nivel de vida de los pobres de un modo inigualable. De paso, claro, el famoso viento de cola de los populismos progresistas de 2003 a 2015: los precios de las commodities por las nubes, aunque eso implicara que Brasil también se sojizara. Un ejemplo de los cambios: que las chicas que trabajaban en servicio doméstico pasaran de esclavas a empregadas, a empleadas. Para la burguesía brasileña, eso era comunismo.

Brasil es un país complicadísimo, histórica, social, económica, cultural, política y hasta geográficamente. No olvidemos que en San Pablo hay más helicópteros privados que en New York y Tokio (la burguesía no toma el subte ni se banca los engarrafamentos); no olvidemos que la última dictadura duró veinte años, y que Bolsonaro padre reivindicaba la tortura en público; no olvidemos que la esclavitud recién fue abolida en 1888 y que Brasil fue el último país de América en hacerlo. Uno de los mejores libros para entender esa complejidad es el del gran antropólogo Roberto Da Matta, Carnavais, malandros e heróis: Para uma sociologia do dilema brasileiro, de 1979. Allí sostiene que el mejor ejemplo de la permanencia de las diferencias de jerarquías (y la consecuente vacancia de una auténtica democracia social y racial) es la frase “¿Você sabe com quem está falando?” (¿Vos sabés con quién estás hablando?). El gran politólogo argentino Guillermo O’Donnell explicaba que, en la Argentina, esa pregunta se responde con un “¿Y a mí qué carajo me importa?”. En Brasil se contesta bajando la cabeza. Es posible que la respuesta argentina tenga como causa al peronismo, pero es sólo mi hipótesis: el peronismo plebeyo, el hecho maldito del país burgués, antes de volverse el hecho burgués del país maldito.

Quizás por eso Bolsonaro pudo ganar: para restablecer las jerarquías, que los pobres volvieran a ser pobres y los ricos fueran cada vez más ricos, y que a ninguna sirvientita se le ocurriera reclamarle al patrón: “¿Você sabe com quem está falando?”.

Explicar más en detalle esa complejidad, que incluye la propiedad de la tierra, los movimientos sociales, una Iglesia Católica que combatió a la dictadura, el peso del evangelismo entre los sectores populares, me llevaría un libro entero. Eso incluye un sistema político dominado por un centro (o Centrão), que no tiene fuerza para conseguir la presidencia, pero sí el número para obligar a cualquiera a negociarlo todo. El primer escándalo de corrupción del primer gobierno Lula, el Mensalão, de 2005, consistía en desviar dinero para pagarles “mensualidades” a los diputados del Centrão, “o baixo clero”, que se vendían sin problemas. El lulismo no robaba para sí: debía robar para poder aplicar su programa. Cuando se dice que la Argentina es un país corrupto -y lo es, claro que lo es-, pienso en Brasil y me consuelo.

4.
Pero Lula va.

El programa del PT hace rato que abandonó el socialismo como meta, y navegar en la complejidad que relataba arriba lo ha obligado a moderarse, en estos 23 años de los que gobernó 17 (doce de Lula, cinco de Dilma). Y sin duda que hay que exigirle más y más, como debió habérsele exigido al kirchnerismo, que fue perdiendo su programa en el tiempo hasta olvidarlo en los años de Fernández. Y así nos va. Lo bueno es que, para dar vuelta la elección que pensaban perdida, el PT lo hizo con cuatro cosas: con unidad antifascista (toda la izquierda y hasta el centro “republicano” cerró filas con Lula); con movilización (nunca Brasil vio tanta gente en las calles); con militancia y con inteligencia. Y profundizando el programa, o retomando las líneas más claramente progresistas: reducir la semana laboral (la herencia del esclavismo), prohibir las apuestas deportivas (la ludopatía se ceba con las clases populares), aumentar las asignaciones sociales (el programa Bolsa Família). Y la remató anunciando la regulación de las redes sociales.

Esa es la mejor consecuencia del triunfo de Lula: no sólo sustrajo al país más grande del continente de la captura trumpista (las dos mayores economías latinoamericanas, México y Brasil, son baluartes progresistas), sino que nos deja un ejemplo inexcusable: unidad antifascista, movilización popular, militancia e inteligencia.

¿Dónde hay que firmar?


Foto: Paula Ribas

Foto: Paula Ribas

*Pablo Alabarces (Buenos Aires, 1961) es Licenciado en Letras (UBA), Magister en Sociología de la Cultura (IDAES-UNSAM) y Doctor en Sociología (University of Brighton, Inglaterra). Es Profesor Titular de Cultura Popular en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires e Investigador Superior del CONICET. Sus investigaciones incluyen estudios sobre música popular, culturas juveniles y culturas futbolísticas. Es considerado uno de los fundadores de la sociología del deporte latinoamericana. Entre sus libros publicados se cuentan Fútbol y Patria (2002, publicado en Alemania por Surkamp en 2010); Crónicas del aguante (2004); Hinchadas (2005); Resistencias y mediaciones. Estudios sobre cultura popular (2008, compilador); Peronistas, populistas y plebeyos (2011); Héroes, machos y patriotas. El fútbol entre la violencia y los medios (2014), que obtuvo el Segundo Premio Nacional de Ensayo Sociológico en 2018; Historia Mínima del fútbol en América Latina (2018, publicado por El Colegio de México); Pospopulares. Las culturas populares después de la hibridación (2020), publicado simultáneamente en México, Argentina y Alemania; y su flamante Un muchacho como aquel. Una historia política cantada por el Rey (2021, en colaboración con Abel Gilbert).