Fotos: @mte.lomas

Natalia Zarza, 46 años, nacida y criada en Villa Fiorito. Conoce sus calles, a sus vecinos, los comedores populares y las historias de las familias que cada día llegan con sus tuppers en busca de una porción de comida. La fila crece semana a semana: cada vez llegan más temprano para asegurarse, quizás, el único plato que comerán en el día.

Natalia es educadora popular y referenta nacional de la rama sociocomunitaria del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), el sector que sostiene comedores y centros comunitarios en los barrios populares de todo el país. Desde ese lugar acompaña a las trabajadoras y a sus vecinos: “La situación empeora cada día. Desde hace unos meses se triplicó la cantidad de personas que vienen a pedir un plato de comida. Lo que veo en mi barrio es hambre y desolación”, dice.

Lo que percibe Natalia se ve reflejado en el primer informe sobre endeudamiento del Instituto Periferias, un trabajo que se centró en 15 provincias, donde entrevistaron a 4.742 personas mayores de 18 años. Los datos muestran una crisis sistémica que se repite en los barrios populares de todo el país y dibujan un mapa atravesado por la precariedad, la ansiedad y la tristeza. El 75,4% dice que no logra cubrir sus gastos mínimos. El 73,4% no puede acceder a alimentos saludables. El 59,8% tuvo que endeudarse para comprar comida y el 43,7% pasó días sin comer. Para el 57% de los entrevistados, su principal problema es el hambre y la pobreza.

Daniel Menéndez, director del Instituto Periferias y subsecretario de Economía Popular del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, encabezó junto a un equipo de profesionales este trabajo de alcance nacional, que refleja lo que pasa en un país donde 3 de 4 hogares no llegan a cubrir sus gastos mínimos. “La pérdida de ingresos aparece como uno de los principales motores de una crisis que se expresa en la mesa y en las deudas. El impacto sobre la salud mental en este contexto está directamente relacionado con la situación que se vive”, dice.

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Bárbara Vernengo tiene 34 años, cuatro hijos, es enfermera y militante social de Barrios de Pie. Nació y creció en Villa Albertina, Lomas de Zamora. Desde 2016, en su casa funciona el comedor comunitario “Los Niños de Rawson”, uno de los 21 que la organización tiene en ese municipio. Cuando comenzó, recuerda, eran unos cincuenta los chicos que se acercaban a merendar, recibían algo para comer y después regresaban a sus casas.

Hoy la escena es otra: entre 150 y 180 personas hacen fila para recibir una vianda. Ya no son solamente los niños. Llegan madres, padres, jubilados, familias enteras. “El vecino que tenía un laburo, que era de clase media, que trabajaba y no tenía necesidad de nada, hoy se acerca a las ollas. Te pide un paquete de azúcar, de arroz o de fideos para poder salvar una comida. Necesita ahorrarse ese manguito para cargar la SUBE e ir a trabajar”, cuenta Bárbara.

En el barrio, dice, la mayoría de las familias ya no hacen cuatro comidas diarias. El desayuno puede ser un té o un mate cocido; la leche, el yogur y el queso dejaron de formar parte de la mesa. Junto a un grupo de nutricionistas que se acercó a colaborar, Bárbara empezó a registrar las consecuencias de una alimentación cada vez más precaria: “Los niños solo comen harinas para llenar la panza”.

El desempleo y el aumento del costo de vida hacen crecer las deudas. Personas que hasta hace poco podían pagar sus gastos comenzaron a elegir qué cuenta saldar y cuál postergar. Algunos se endeudan para pagar gastos del día a día o la luz y el gas. Y quienes no pueden acceder a un crédito formal terminan recurriendo a prestamistas informales.

“Las deudas en los barrios hicieron que se vivan situaciones de violencia muy pesadas: a los vecinos les sacan los pocos electrodomésticos que tienen, o amenazan a sus hijos cuando van al colegio”, cuenta.

Para Bárbara, las deudas están generando severos problemas de salud mental y además rompiendo vínculos familiares. Como enfermera, lo ve en el hospital; como referenta comunitaria, lo escucha en el barrio. Personas que nunca habían tenido deudas ahora llegan con ansiedad, estrés e incluso problemas de presión arterial.

“La deuda los angustia, los aísla, porque sienten vergüenza o se sienten culpables. Hago guardias de enfermería en un hospital de Temperley y las personas llegan con cuadros de angustia e hipertensión”, dice.

La realidad con la que conviven Natalia y Bárbara es un panorama cada vez más complejo. Hay algo que a las dos les llama especialmente la atención: ya no buscan comida sólo los desempleados, también llegan personas con un empleo formal que, aun trabajando, no consiguen llegar a fin de mes. Lo que ven sus barrios tiene su correlato en las cifras oficiales. En agosto, según el INDEC, una familia tipo necesitó $1.605.497 para cubrir la Canasta Básica Total y no caer en la pobreza.

Las trabajadoras comunitarias tienen un termómetro para medir la situación de los barrios: a fin de mes, cuando los ingresos de las familias comenzaban a agotarse, aumentaba la cantidad de personas que se acercaban a los comedores. Ese patrón, dice Zarza, desapareció: ya no hay fin de mes. Las familias están endeudadas para pagar las cuentas de luz, para comprar remedios. “Entonces, si pueden ir a buscar la comida a un comedor, lo hacen desde la semana uno”, dice.

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Noemí Mely tiene 68 años y vive en Villa Fiorito desde hace 42. La jubilación mínima no le alcanza para vivir. Sus hijos completan lo que falta: su hijo paga la luz, su hija paga el gas. Todas las semanas, se acerca con el tupper al centro de jubilados del barrio para buscar una vianda y, de paso, participa de las actividades recreativas que allí organizan.

“Una viandita que, por lo menos, es algo más que me sirve. Antes íbamos los jubilados, la gente que no tenía trabajo. Pero ahora está empezando a venir la gente que tiene trabajo, que no le alcanza”, cuenta.

En el comedor, Noemí escucha las historias de sus compañeras, mujeres que recorren distintos centros del barrio para conseguir comida. Los miércoles van a un lugar a buscar verduras frescas; otro día los grupos evangelistas se acercan a repartir alimentos en las esquinas.  Día tras día acuden a distintos espacios comunitarios: consiguen el almuerzo en un comedor, en un merendero el mate cocido con pan, y en otro la cena. Una procesión en busca de un plato de comida. Entonces la red de supervivencia en los barrios se articula de manera comunitaria. Una vianda. Una bolsa de verduras. Una garrafa. La ayuda de los hijos. Una jubilación. Una changa. “Si no hay un 2001, es simplemente por las organizaciones sociales. Lo que más me duele es que mis nietos no tengan un futuro digno”, dice.

En todo el país funcionan unos mil comedores, merenderos y espacios sociocomunitarios del MTE, 37 están en Lomas de Zamora. En algunos se reparten unas 500 raciones diarias. El 99% de quienes trabajan y sostienen son mujeres. Ya sin el ingreso de $78.000 que recibían como complemento por su trabajo territorial, las cocineras buscan alternativas para mantener los espacios: donaciones, rifas, venta de comida y solidaridad de los vecinos: “Hoy todas las compañeras que están sosteniendo el hambre en los barrios se quedaron sin salario. La salud mental es desesperante, tanto yo como todas las compañeras, todo el tiempo, estamos resolviendo problemas muy complejos con dos alfileres”, dice.

Las organizaciones sociales intentan sostener y reconstruir un tejido social arrasado. Comedores populares desbordados, llega el vecino que perdió el trabajo, jubilados de la mínima que sobreviven, la madre que necesita guardar unos pesos para cargar la SUBE, el trabajador formal que no llega a fin de mes. Del otro lado están las mujeres que sostienen las ollas. Cocinan, escuchan, organizan rifas y hacen malabares para multiplicar lo que ya no alcanza.


*Candelaria Schamun nació en 1981 en La Plata. Es periodista de policiales y escritora. Trabajó como cronista en las redacciones de los diarios Crítica de la Argentina y Clarín, y fue productora del canal de noticias C5N. Actualmente colabora con medios nacionales e internacionales en temas relacionados en Derechos Humanos, diversidad y equidad.

En 2012 publicó su primer libro, Cordero de Dios (Editorial Marea), una crónica en tono walshiano, donde revela la trama oscura del femicidio de Candela Rodríguez que convulsionó a la Argentina. Valiéndose de las herramientas del periodismo policial, Schamun decidió desentrañar un mundo de secretos familiares y así echar luz sobre su propia historia e identidad. En 2023 publicó Ese que fui, expediente de una rebelión corporal (Editorial Sudamericana, Penguin Random House), un texto donde la autora asume el desafío de denunciar los mecanismos crueles de la medicina y las mutilaciones genitales de personas intersex, las cuales sufrió en su propio cuerpo. Durante 2024, el libro fue publicado en España y México por la editorial Manos de Pan.

Por su compromiso incansable con la igualdad y la diversidad, fue distinguida por Amnistía Internacional en el marco de “Voces que transforman. Orgullo Vivo 2024”.