Como si fuese una escena de la película La naranja mecánica, la madrugada del lunes 2 de noviembre unos cien varones atacaron a piedrazos y palazos con alambres a un grupo de trabajadoras sexuales trans y travestis en los Bosques de Palermo. La luz amarillenta del alumbrado público iluminó el ataque, coordinado y organizado bajo el lema “A correr a los trabas”. Filmaron cada detalle, gozaron con el dolor y el miedo, se rieron mientras las golpeaban y después subieron las imágenes en sus redes sociales. Convirtieron la agresión en un espectáculo y a sus víctimas en presas de una cacería. Luego del episodio, uno de los agresores subió a sus redes “Me dicen el matatrans”.
Pese a que el ataque fue filmado y viralizado y algunos de sus autores quedaron expuestos en redes sociales, al cierre de esta nota, Andrea Scanga -a cargo de la Fiscalía Penal, Contravencional y de Faltas N° 13 especializada en Discriminación de la Ciudad- no realizó detenciones. La causa quedó caratulada como “lesiones agravadas por haber sido cometidas por odio a la identidad de género”.
Para María Belén Correa, activista y directora del Archivo de la Memoria Trans de Argentina, vivimos en un presente en donde gran parte de la sociedad ya no siente vergüenza de manifestar públicamente sus pensamientos de odio al colectivo LGTBIQ+: la exacerbación de la violencia y la deshumanización es parte de estos grupos.
“Lo que pasó en Palermo está sucediendo en todas las provincias, sobre todo en el norte argentino. En Salta las compañeras trans tienen que salir de sus casas y viajar en remís o en un auto de aplicación para llegar a las zonas de trabajo, porque sufren violencia en el transporte público. A mí me resultó algo hasta habitual: hay una reacción centralista. El hecho se hizo visible y viral porque ocurrió en Capital Federal, pero la violencia contra las travestis y trans sucede en todo el país. Soy de una generación que en los años noventa tuvo que irse del país por la persecución policial y por denunciar lo que estaba pasando”, dice.
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Gaby tiene 50 años, es trabajadora sexual y desde hace años trabaja en los Bosques de Palermo. Conoce cada rincón como la palma de su mano. Sin embargo, desde hace un tiempo dejó de ir los sábados y domingos: sabe que durante esos días aumentan las agresiones y la violencia contra las trabajadoras sexuales. Cuenta que ya es la tercera vez que este grupo de varones las atacan en manada. También recuerda a una pareja que llega en una camioneta con tres perros, les quita los bozales y los suelta para que las muerdan. Sus amigas fueron víctimas de los ataques, y luego de la violencia de estos días Gaby decidió que se irá unos días de Buenos Aires: tiene miedo.
“Es normal, está normalizado que nos lastimen. Los fines de semana pasan las familias, se burlan de nosotras, los hijos chiquitos dicen cosas y los padres avalan esas agresiones. Nací en Jujuy, ahí matan a los maricones. Los matan y no se sabe nada. A una amiga le reventaron la cabeza con una piedra y la dejaron tirada como a un perro. A otra la mataron los hermanos y la dejaron en medio del monte, ahorcada con un cinto. A mí me agarraban a piedrazos cuando salía de la escuela. Yo quería aprender peluquería y me agredían mis propios compañeros por ser afeminado. Tenemos que volver a trabajar porque hay que pagar el alquiler e internet, hay que comer. Nosotras vivimos el día a día. Me da vergüenza y miedo que los chicos salgan y hagan estas barbaridades”, dice.

Lo que sucedió en los Bosques de Palermo no es un hecho aislado. El 2025 dejó un registro inédito de violencia contra el colectivo LGBTIQ+ en Argentina. Según datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio, durante ese año ocurrieron al menos 227 crímenes motivados por la orientación sexual o la identidad de género de las víctimas. La estadística se traduce en una dimensión estremecedora: un ataque cada 38 horas. El 62,5% del total de los crímenes de odio registrados en el país corresponde al colectivo travesti trans.
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La Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans se presentó como querellante de la causa por lo sucedido el lunes. Flavia Massenzio es secretaria de Asuntos Jurídicos de la organización: “La violencia, la discriminación, la marginalidad y el estigma que atraviesan las compañeras trans no son algo nuevo: son históricos. En 2012 conseguimos la Ley de Identidad de Género y, aunque hubo avances en el acceso a derechos, la desigualdad y la violencia estructural siguen presentes. Lo que pasó acá fue un hecho gravísimo. Se organizaron en manada, en patota, y hubo una crueldad deshumanizante en la manera de buscar cómo dañar, cómo hostigar. Pero además se jactaron de lo que habían hecho. Acá se generó un grado de impunidad tal que pensaron: ‘Esto está re bien, lo filmo y sigamos cazando, sigamos golpeando’”, dice.
Dania Martina tiene 26 años, vive en Barranqueras, Chaco. Todos los días se enfrenta a la violencia y al odio que sufren las personas trans en el norte argentino. Cuando comenzó su transición tuvo que enfrentarse al rechazo familiar: “Soportaban que fuera gay, pero trans, jamás”, dice. Encontró en las redes sociales una forma de construir una comunidad, generar ingresos y empezar a independizarse. Con los videos de humor y los contenidos sobre su vida cotidiana consiguió miles de seguidores y construirse una pieza para vivir. Pero quedó expuesta al hostigamiento: desde hace meses recibe amenazas, fue víctima de campañas de difamación y perdió sus cuentas en Instagram y en TikTok. Después llegaron las agresiones físicas.
En la última fiesta de Halloween, cinco de las personas que la hostigaban virtualmente, la golpearon en todo el cuerpo. Luego difundieron videos para burlarse de la agresión y de su situación económica: “Se reían de mi pobreza, de que no tengo un iPhone, de las cosas que me faltan. Las personas trans no somos nada para la Justicia. No tenemos ningún tipo de derecho. Hace un año un grupo de hombres me desfiguraron la cara. La Justicia tampoco hizo nada. Me moví como nadie para conseguir un poco de justicia por lo que me pasó y todo quedó en la nada. Hay días que no soporto más y me dan ganas de cortarme el pelo y volver a ser un hombre para tener seguridad en mi vida. Pero eso significaría renunciar a mi deseo, a quien yo quiero ser: una mujer trans”, dice.
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En su libro, La rebelión de los mandriles, Nicolás Papalia, psicólogo y abogado, especialista en diversidad sexual y violencias, analiza el sistema relacional de género basado en la desigualdad y la violencia. En ese sentido, considera que el ataque en Palermo es un crimen de odio: “Es la representación más clara de cómo opera la violencia de género y de cómo se cruzan los modelos de masculinidad con el ejercicio de la violencia. Al ejercer esa violencia en grupo, en manada, queda de manifiesto la necesidad de obtener, a través de la agresión, el beneplácito y la aprobación de los pares. Es fundamental sostener y reforzar la ESI, que hoy es la política más importante que tenemos para trabajar en la prevención y en el desarme de esta violencia”, dice.
Para Esteban Rodríguez Alzueta, abogado y magíster en Ciencias Sociales, los jóvenes aprendieron a ocupar la calle a través del espectáculo y trasladaron esa lógica a las redes sociales, que hoy confunden con el espacio público. Gran parte de la identidad de estos chicos se juega en las redes, generando contenidos para mantenerse por encima de la línea de flote que imponen los algoritmos. “Lo hacen para divertirse, pero también para entrenar el odio acumulado. Aprendieron que la virtualidad les da una cobertura de impunidad anticipada. Son personas que se mueven como francotiradores sembrando el odio, y ese odio casi siempre recae sobre las minorías. Utilizan sus cuerpos y sus subjetividades como un bastidor donde inscribir un mensaje dirigido a quienes lo celebran -los idiotas morales-, pero también a aquellos varones con los que los agresores se identifican”, dice.
Primero fueron los discursos transfóbicos, después la deshumanización y las amenazas, y finalmente los golpes. Cuando el odio encuentra legitimación desde el poder, siempre hay quienes se sienten autorizados para ejercerlo.

*Candelaria Schamun nació en 1981 en La Plata. Es periodista de policiales y escritora. Trabajó como cronista en las redacciones de los diarios Crítica de la Argentina y Clarín, y fue productora del canal de noticias C5N. Actualmente colabora con medios nacionales e internacionales en temas relacionados en Derechos Humanos, diversidad y equidad.
En 2012 publicó su primer libro, Cordero de Dios (Editorial Marea), una crónica en tono walshiano, donde revela la trama oscura del femicidio de Candela Rodríguez que convulsionó a la Argentina. Valiéndose de las herramientas del periodismo policial, Schamun decidió desentrañar un mundo de secretos familiares y así echar luz sobre su propia historia e identidad. En 2023 publicó Ese que fui, expediente de una rebelión corporal (Editorial Sudamericana, Penguin Random House), un texto donde la autora asume el desafío de denunciar los mecanismos crueles de la medicina y las mutilaciones genitales de personas intersex, las cuales sufrió en su propio cuerpo. Durante 2024, el libro fue publicado en España y México por la editorial Manos de Pan.
Por su compromiso incansable con la igualdad y la diversidad, fue distinguida por Amnistía Internacional en el marco de “Voces que transforman. Orgullo Vivo 2024”.



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