Mamá quería conservar ciertas reglas pese a que todo se estuviera yendo a la mismísima mierda. Supongo que cuidar también tiene que ver con esas cosas, aunque uno no pueda verlo. Aplazar el sueño para ver la tele era, inclusive en el 2001, algo imposible de perdonar. Yo tenía 12 años y, a esa edad, me faltaba conciencia para comprender que un paro docente no era lo mismo que un feriado. Para mí, en ese entonces, era como si un sábado o un domingo se hubieran escapado del fin de semana. Seguramente, en helicóptero.
“Andate a dormir vos”, pensaba. Claro que nunca se lo dije y, probablemente, se esté enterando de esto junto a ustedes. La canción se escuchaba mucho en esa época. El tema, un himno, era “El mono relojero” de Kapanga. Fue el modo que encontró la banda para tirarle a Duhalde por la norma que impedía que los boliches y bares cerraran con el amanecer. De algún modo, pienso, estábamos todos en la misma. Claro que la lucha que yo encarnaba era menos pública. Pero, de alguna forma, también perseguía un fin parecido. Queríamos que la noche nos contuviera porque hasta el día nos era esquivo.
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Mientras el mundo se desmoronaba, yo esperaba que llegara la hora para ver “Todo por 2 pesos”. Amaba ese programa, ese humor irreverente, ácido, corrosivo y absurdo, conducido por Diego Capusotto y Flavio Alberti. Hoy, a la distancia, pienso en cómo les permitían jugarse con una producción así. El mérito estaba, justamente, ahí: no importaba lo que pudiera ocurrir después. Latía en el aire, caluroso, porque a esos años los recuerdo con mucho calor, una filosofía que rezaba: A MÍ QUÉ CARAJO ME IMPORTA.
Los que esperábamos hasta la noche para, al otro día, ponernos el guardapolvo blanco y abotonarlo como el culo, porque estábamos bastante dormidos, éramos un ejército. Con códigos propios, con una misma religión: el desborde.
El programa era una gran parodia de las jornadas que nos tocaban vivir esos días. La escenografía era de cartón pintado y no les calentaba esconderlo. El nombre, de hecho, era una referencia a los comercios que, en ese entonces, proliferaban repletos de baratijas MADE IN CHINA mientras la industria nacional se iba a pique y, con eso, mis vacaciones en Mar del Plata, el sueldo de papá en la fábrica y el durazno en almíbar que supo acompañarnos a modo de postre.
En “Todo por 2 pesos” había personajes rarísimos. Los conductores se hacían llamar Mario y Marcelo, como Tinelli y Pergolini. Y eso ya era gracioso porque no se podían ni ver. Toda la farándula estaba detrás de este tipo de tensiones que, en muchas ocasiones, despertaban más atención que algunos debates parlamentarios. Había un tipo que se llamaba Tito Cossa, era una especie de agente 007 pero del más tercero de los mundos. Lo presentaban como “el maxi jefe de la SIDE”. Sí, como si fuera un kiosco pero de inteligencia. Lo mostraban como el hombre “más capacitado para cuidarnos”. Entre sus méritos se destacaba haber salvado a María Martha Serra Lima luego de que un grupo terrorista irlandés la arrojara a una pileta de lona. Tenía una matraca que se convertía en un sistema lanzamisiles. Usaba artefactos curiosos como los cañoncitos de dulce de leche que funcionaban como largavistas, lo que le permitía esconder dicho elemento entre otras facturas sin ser descubierto.
También estaban Boluda Total, las historias del Mártir Peperino Pómulo y el Hombre Bobo. Y les digo la verdad si les cuento que la típica expresión “me hice pis de la risa” fue llevada a la realidad por mi vejiga y la de mi hermano durante estos sketchs.
Pero lo que a mí más me gustaba ocurría justo al final. Como todas las emisiones del momento, la última parte estaba reservada para la venta del próximo encuentro. Entonces, Capusotto se dedicaba a hacer los anuncios. Lo hacía con promesas recargadas, inconmensurables y difíciles de cumplir, como las publicidades de ese entonces: todo mucho, todo derroche. “Y más, y más y más”, gritaba una y otra vez, colorado, desencajado. En medio de ese afán por vender lo que no se tiene con anuncios sin sentido, Fabio Alberti le metía un tortazo que lo dejaba groggy hasta la otra semana. “Pará”, le gritaba.
Después, Fabio se acercaba al pizarrón. Por lo general, este era el momento que yo celebraba que al otro día no iba a tener clase (si había paro) o lamentaba que iba a tener que ir a la escuela (si había clase) medio zombie. Este skectch, el último, era un momento de reflexión. Todo lo que sube, desciende. Y había que bajar mil cambios, pero nunca, jamás, dejar de hacer humor. La cámara se cerraba en un plano medio. Él tomaba una tiza y como un profesor universitario, seguramente, en ese entonces, mal pago, y hacía la siguiente pregunta: “¿Qué nos pasa a los argentinos?”
La incógnita quedó como un rasgo distintivo, un código, entre quienes éramos seguidores. Si veíamos algún hecho de corrupción en la tele o alguna noticia que se desprendía del montón, porque el descaro ya era mucho, alguno largaba: “¿Qué nos pasa a los argentinos?”. Para luego exclamar, como Alberti: “¿Estamos todos locos?”
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El humor es una válvula de escape. Por eso los argentinos atamos las cosas con alambres como lo estoy haciendo ahora. Idea con idea, recuerdo con recuerdo. Solo para que vos, que estás leyendo y que probablemente nunca nos conozcamos, te rías un poco. Y, para qué vamos a mentir, también para que algo de esta experiencia que se llama vida, realidad o Argentina, tenga algo de sentido para mí. Dicen algunos que el humor es para olvidarnos. Las pelotas. En todo caso, será para recordar de otra manera.
Pienso también en otras frases que, como la de Alberti, han quedado en el imaginario popular ya sea por cuestiones históricas, políticas, del espectáculo. Esas que pronunciadas en un orden determinado reconstruyen toda una identidad:
“Volveré y seré millones”.
“Me cortaron las piernas”.
“Andate a dormir vos”.
“Hasta la vista, baby”.
“O sea, digamos, sí, o sea”.
“¿Y ahora me lo venís a decir?”
“¡Vamos ganando!”
“Mañana no hay clase, mañana no hay clase”.
“Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”.
“Con la democracia no solo se vota, sino que se come, se cura y se educa”.
“No hay plata”.
“Al enemigo ni justicia”.
“Say no more”.
“La única verdad es la realidad”:
“Acúsalo con tu mamá, Quico”.
Las palabras son de todos, pero pronunciadas en un orden determinado ocurre lo mismo que con una receta. Una que, según cual se trate, pudo haber sido preparada por el más ingenioso de los alquimistas. Tienen el poder de hacernos viajar en el tiempo.
Y es por eso que vuelven, porque nos hacen regresar. A mí, por ejemplo, hay una que me visita seguido últimamente. La misma pregunta que hace un cuarto de siglo había escuchado en un programa de humor en uno de los momentos más difíciles de nuestra historia reciente: “¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Estamos todos locos?”
Y a diferencia de ese pibe, meado de la risa, que se quedaba hasta tarde para ver la tele, ahora tengo barba, tampoco muy tupida como quisiera, y una sospecha.
Amigos, amigas, pongan atención porque al fin llegué a este momento del texto y no quisiera olvidarme de esta reflexión: estamos perdiendo la memoria.
Yo, por ejemplo, casi no recuerdo números de teléfono. Algunos sí, pero a veces se me mezclan y no sé si se trata del celular que me robaron o del que me van a robar. A veces me pregunto qué pasa si llamo al 46503737, un teléfono de una casa en La Matanza. Uno verde, al que había que discar y que me escuchó crecer.
Me pregunto, sobre todo, si atenderá alguien. Tal vez, un chico. Me pregunto si ese pibe tendrá la voz parecida a cuando yo aún cerraba los ojos en la habitación empapelada de Mickey y mi mamá decía, después de cenar, que estaba llena. Que no quería frutas, insistía, para que las pudiéramos comer con mi hermano.
Algo parecido me pasa con las direcciones, de hecho, suelo pedirles a mis amigos que me envíen la ubicación exacta. A veces me pasan la que está en tiempo real, por lo que si se mueven me complican. Con los cumpleaños, igual. Retengo algunos pocos, el de mi pareja ni hablar porque no me gusta tener problemas. El de Jesús también, porque es un día después del de Paz (mi compañera). Y me resulta curioso que, si bien es un día después del natalicio de ella, se diga Noche de Paz. Cosas de capricornio, supongo.
La culpa es de Internet. O de Google. Saben dónde estuve hace diez minutos o diez años atrás. Saben dónde vivo, dónde quisiera vivir, que es acá también, y dónde no quiero. Saben cosas que, seguramente, ni siquiera sospecho.
Durante millones de años la memoria estuvo dentro nuestro. Ahora, en algún momento que no podemos precisar, se escapó. Y se independizó. Está afuera. Se almacena en nubes, en servidores, en dispositivos, pendrives, mp3, mp4, formatos diferentes, mov, heic, jpg, programas, plataformas, Facebook, X, Twitter, Excel, Word, datos biométricos, información virtual, cachés, historiales, cookies, ¡y más y más y más!
Creo que no sabría decir qué parte de lo que recuerdo es producto de mi memoria y qué parte es un producto de esos soportes. Lo curioso es que hay muchas cosas que quisiera olvidar, realmente. Y si no las cuento aquí, si no las saco, es porque dentro mío duelen menos.
***
Lo que sí retornan, muchas veces, son palabras que, pronunciadas en un cierto orden, operan como la pócima hecha por un alquimista.
Mirando el noticioso, ayer o antes de ayer (o la otra semana u hoy) como decía mi tía Enza, regresó esa pregunta. No es el 2001, pero fue la misma incógnita que hace un cuarto de siglo había escuchado en un programa de humor en uno de los momentos más difíciles de nuestra historia reciente:
“¿Qué nos pasa a los argentinos?”
Si me lo preguntaran a mí, ya se los adelanté. Pero ahora voy a ser más preciso: creo que nos estamos olvidando de ser argentinos. Delegamos nuestra identidad a símbolos, a figuras ungidas por una fama voraz o a una prenda deportiva. Nos quedó un vacío que tapamos a los gritos durante los mundiales y que nos alcanza para llenarnos el alma por un mes. A veces, cuando esa costumbre se rompe, sobre todo en la calle o en las plazas, se celebra como un gol. Y las cosas se transforman, como si un alquimista se estuviera divirtiendo con nosotros cambiando el miedo por el entusiasmo.
¿Qué nos pasó?
Supongo que algo de esto puede resumirse en una frase, una que dejamos de decir. Tal vez la escucharon, tal vez la han dicho, inclusive. Esa que dice así: Y A MÍ QUÉ ME IMPORTA.
Sobre estas palabras, por las cuales alguno me estará juzgando por chabacano o lo que sea, puso especial atención el politólogo Guillermo O’Donnell. Su trabajo llevó por título “¿Y a mí qué me importa? Notas sobre sociabilidad política en Argentina y Brasil”.
En su trabajo académico se toma en consideración una expresión en particular de Brasil sobre la cual puso atención el antropólogo Roberto Da Matta. Se trata de una construcción discursiva típica que se dejaba ver en momentos de tensión. En las peleas, por ejemplo, en las calles de Río de Janeiro se podía escuchar: ¿VOS SABÉS CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO?
Esta operación narrativa, de algún modo, cancelaba al interlocutor porque lo que hacía era aparentar una posición más alta en términos de jerarquía. La equidad se rompe cuando uno muestra su poder. Hay mordidas que pueden lastimar más de lo que insinúan los dientes.
O’Donnell notó que en Argentina sucedía algo diferente. Es decir, cuando aparecía esa pregunta: ¿VOS SABÉS CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO?, la respuesta era completamente distinta: A MÍ QUÉ ME IMPORTA.
Según O’Donnell, en esta última operación “el interpelado no niega ni cancela la jerarquía: la ratifica, aunque de la forma más irritante posible para el ‘superior’ -lo manda a la mierda’”. “En realidad, el ‘inferior’ tanto presupone la vigencia de la jerarquía que, como suele decirse, ‘se juega’: por ahí la jerarquía no es irrelevante para el caso y el desplante puede costarle caro; pero ‘a mí nadie me atropella’”, añade.
Y creo que eso es lo que nos está pasando a los argentinos, nos estamos olvidando de estas palabras porque, en este mundo, para florecer primero hay que plantarse. Tal vez sea la consecuencia de habernos creído lo que algunos dicen de nosotros; que somos arrogantes, que no nos importa el mundo, que no damos pelota y bla, bla, bla. La repetición es pedagógica y algo de eso se nos instaló como si fuera una de esas aplicaciones que descargamos en el teléfono y “nos ayudan” a gestionar nuestros recuerdos.
***
La repetición, insisten, es pedagógica. Así que, esta vez, podemos usarla a nuestro favor…
¡Ya!
Sí. Ahora mismo. Antes del final, de pie. Donde estén: en el bondi, en el laburo, en su casa o en el inodoro (lo lamento). Como un mantra, dale:
A MÍ QUÉ CARAJO ME IMPORTA
Ahora un poco más fuerte, más claro. Sin vergüenza, con entusiasmo:
A MÍ QUÉ CARAJO ME IMPORTA
Ahora, como si estuviéramos solos en el mundo y nadie fuese a venir a salvarnos en esta situación como tampoco acudieron en otras.
Fuerte. Y claro. Sin repetir y sin soplar, como si la Patria dependiera de tu voz:
A MÍ QUÉ CARAJO ME IMPORTA
Espero que el texto les haya gustado. O, al menos, que los haya aliviado, si es que siguieron los últimos pasos.
Y, si no…



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