Nunca Más y Ni Una Menos

“Nacieron el uno del otro, se encontraron, se anudaron. Uno da coraje, el otro trae el futuro.
El blanco paró la muerte, el verde, la sumisión. Con vida los llevaron, con libertad nos
queremos. Las luchas se multiplican por justicia e igualdad y los pañuelos abrazan la marea
popular. Pañuelos blancos y verdes para vivir y decidir en libertad”

Inés Vázquez
Antropóloga y sobreviviente del Centro Clandestino de Detención El Vesubio

 

La historia de la lucha de las mujeres y diversidades se cruzan, se amasan, se nutren. Se engrandecen. No son todas iguales, pero todas tienen algo de la otra que las conforma. En 2015, el grito de Ni Una Menos sacó a las calles las historias de las conocidas, las periféricas y las que ya no estaban. Las madres, las hijas y las abuelas. Las que callaban y las que denunciaban. Las que lloraban en silencio por cada golpe recibido y las que contaban en voz alta las violencias vividas para que todxs se enteren. Las que cargaban con la crianza de sus hijxs y también con la culpa. Las que querían decidir sobre su cuerpo y las que no sabían sobre eso. Cada femicidio se anudó con otro, cada aborto clandestino se enlazó con otro y así se armó una marea de manos levantadas al cielo que inauguró un nuevo capítulo de la identidad nacional.

Los 3 de junio se sumaron al 24 de marzo para actualizar el Nunca Más. Si durante cuatro décadas miles de argentinos y argentinas pudieron sostener la memoria de los 30.000 desaparecidxs, ¿cómo no iba a ser posible gritar que ya no podía ser “normal” que las mujeres sean asesinadas solo por su identidad?

Se habla mucho del “hilo rojo» que une a dos personas en un destino romántico irrevocable. ¿Podremos hablar sobre el hilo de la memoria? Ese hilo multicolor que se sostiene como todo en esta vida: con intención y trabajo. Como se sostiene el amor. Ese que atraviesa las historias de las que están, las que estuvieron y las que estarán.

 

El árbol genealógico trunco

María Laura De Vincenti y Laura Villaflor Garreiro son primas lejanas. De esas que comparten abuelos que fueron primos, pero a las cuales explicar el árbol genealógico les resulta complicado. Ellas vivieron sus infancias en distintos barrios de Avellaneda y un apellido, el Villaflor, fue una especie de código que las unió incluso viviendo vidas paralelas, sin contacto. Laura es nieta de Aníbal Villaflor, padre de Raimundo y Josefina, ambos desaparecidos por la última dictadura cívico-militar. María Laura -Marilyn, como suelen llamarla- es nieta de la “famosa” de la familia: Azucena Villaflor.

Cuando ambas mujeres se sientan a conversar con Cordón, una fría tarde de otoño, dicen desde el arranque: “Entender nuestro trunco árbol genealógico es un quilombo”. Sobre ellas, se grabó a fuego parte del capítulo más sangriento de la historia argentina. Hicieron con eso lo que cada una pudo. Ambas cuentan que, pese al dolor que representa mencionar a sus muertos y hablar de ellos seguido, es la tarea que eligieron no abandonar nunca. Una especie de sobreescritura sobre aquellos capítulos históricos que ellas no eligieron vivir.

Volviendo al pasado familiar, Azucena y Aníbal eran primos. Tenían una cercanía tal que Marilyn ensaya una posible hipótesis que explica que, gracias a ese vínculo, su abuela estuvo tan formada en cuestiones sindicales por el campo militante de Aníbal, un hombre que en la década del ‘40 fue el primer intendente de Avellaneda y un histórico del peronismo local.

Josefina y Laura

Para Laura y Marilyn, ambas profesionales de la educación, madres, militantes y trabajadoras, la imagen de las mujeres de sus respectivas familias, que a la vez es una, fue fundamental. En la conversación con Cordón, están sentadas una al lado de la otra. Toman mate y el sol les da en la espalda. Si la dictadura no hubiera atravesado sus vidas, esa escena podría haber sido durante un almuerzo dominguero hablando de temas irrelevantes después de la comida y antes del postre. Pero no. Están sentadas juntando pedacitos de una historia en construcción permanente.

“De Azucena, mi abuela, pude ir reconstruyendo su forma de ser por anécdotas e historias de vecinas, amigas. Hoy no tengo dudas de que si estuviera viva sería una de las portadoras del pañuelo verde, por ejemplo”, dice Marilyn. Dentro de las cosas que ella recogió con avidez está la voz de su mamá, nuera de Azucena. A ella, cuenta, su abuela le habló de salud reproductiva y del derecho a vivir plenamente su cuerpo. También hay anécdotas que, más descontracturadas, la muestran “como una mujer disruptiva para la época”, dice y agrega que “sus vecinas recuerdan que ella salía a la vereda, en las tardes de verano, a tomar cerveza: algo impensable para ese momento, por lo que se esperaba de una mujer, esposa y madre”.

Laura creció al calor de la memoria de sus padres, Raimundo Villaflor y María Elsa Martínez Garreiro. El fuego lo mantuvieron encendido sus abuelos, pero en particular, recuerda, su abuela Josefina: “La vieja me crió desde bebé. Era una abuela de bata y bastón pero así y todo se encargó de cuidarme y alimentarme mientras recorría cuanto pasillo judicial, iglesia o lugar donde le decían que podía haber información de sus hijos, yerno y nuera. No tengo dudas de que también hizo cosas que subvirtieron el rol de género que se esperaba de ella, pero aún así el lugar público siempre lo ocupó mi abuelo, que además era militante”. Laura cuenta que hace un tiempo se enteró, por un expediente al que pudo acceder, que quien fue a declarar en la Justicia lo sucedido con las desapariciones de su familia fue Josefina. Sin embargo, el que fue citado y declaró en el Juicio a la Juntas fue su marido.

Para ella, las luchas de las abuelas y madres de desaparecidos fue fundamental. Tanto la que dieron en las plazas y en las calles, como la de las que asumieron el cuidado de los niños y niñas que perdieron a sus padres de un momento a otro. “Mi abuela no pudo ir a la Plaza de Mayo a juntarse con las otras madres porque me tuvo que cuidar a mí, que era una bebé”, cuenta a Cordón.

Marilyn refuerza constantemente en la conversación la importancia de los “proyectos políticos”. Ella es Directora de Ámbitos de Desarrollo de la Educación en la Provincia de Buenos Aires. Ahí se encontró con Laura, azarosamente. Nunca habían hablado, aunque ambas tenían una idea construida de la otra a partir de comentarios de terceros. No tuvieron vida familiar juntas, pero la política y la militancia les dio también ese chusmerío que a veces atraviesa los vínculos familiares. Como pasa en toda familia, cuando hay diálogo, los chismes se desmoronan y dan paso a algo nuevo.

De Vicenti cuenta que hace pocos días inauguraron en Avellaneda, el distrito donde vive, una Unidad Básica con el nombre de su tío, Néstor De Vicenti, aquel hijo que Azucena buscó hasta su desaparición: “Me parece importante resaltar que fue una generación que arriesgó su vida sabiendo lo que ponía en juego. Las convicciones de mi tío lo llevaron a entregar la vida y el amor de mi abuela la llevó a poner en juego la propia”.

Ambas mujeres hablan casi sin respiro. Las preguntas aparecen casi como breves interrupciones entre sus aceleradas reflexiones. Las sacan de adentro con rapidez pero con peso, ese que construyeron dialogando sobre lo mismo una y otra vez. “Ambas somos mamás, tenemos mil actividades, trabajos y cosas. Yo muchas veces me pregunto: ¿es necesario ir a esta charla otra vez, seguir yendo a hablar de lo que me pasó? Y me respondo que sí, que pese al cansancio y al dolor que representa pasar por el cuerpo cada una de esas palabras, es lo que elijo para mi vida, porque es la única manera de que no vuelva a pasar nunca más”, cuenta Laura.

Azucena Villaflor

Marilyn retoma aquello del pañuelo verde y dice: “Así como las Abuelas y Madres mostraron que las mujeres también saben luchar, los hijos e hijas de desaparecidxs le aportaron nuevas dinámicas a esa lucha. Así pasa, creo, con las luchas actuales de las mujeres y diversidades. Son parte de la misma historia. No hay más derechos para las mujeres si no hay más memoria”.

En las luchas actuales, dicen, hay “reapropiaciones particulares de los relatos del pasado y eso permite que se vaya actualizando y reinsertando socialmente todo lo sucedido durante la dictadura y después, con la memoria de los 30.000”.

 

Del pañuelo blanco al pañuelo verde

“Mi nombre es Susana, soy sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada”. En una oración simple, Susana Leiracha sintetiza una época: supervivencia y ESMA. En ese Centro Clandestino de Detención, estuvo secuestrada por su militancia política junto a su esposo, Osvaldo Barrios. Allí estuvieron desde agosto de 1979 hasta febrero de 1980.

Susana tiene la templanza de quien vivió mucho. “Fui caso y testigo en el Juicio a las Juntas y desde esos años hasta ahora sigo militando por la memoria y los derechos humanos, contra la impunidad y las injusticias, desde la Comisión por la Memoria de la Red de Cultura Boedo”. Su compañero de vida, Osvaldo, lo hace desde la Asociación de ex Detenidos-Desaparecidos.

Susana reflexiona sobre el lugar de “los pañuelos blancos” en las luchas populares de Argentina. Para ella, las Madres “nacieron desde la búsqueda incansable de sus 30.000 hijos e hijas, y en ese caminar se convirtieron en el hilo conductor de lucha y resistencia en el campo de los derechos humanos hasta hoy; no solo como ejemplo de lucidez y valentía en nuestro país, sino también en el mundo”. Y agrega: “En ese caminar nos fueron transmitiendo la voluntad de seguir, la solidaridad con los y las otras y la alegría de compartir”.

La palabra sobreviviente aparece en el intercambio constantemente. No es casual. Es la forma en que Susana se presenta, es su historia y también su actual militancia. Además, para ella, es un tema en tensión en el campo de los derechos humanos. “La sociedad tardó en visibilizar la presencia del sobreviviente y en escuchar su palabra, salvo en los juicios”.

Otra arista de la construcción de memoria colectiva que posibilitan los relatos de lxs sobrevivientes es la relacionada con la familia la o el militante desaparecidx. La búsqueda de madres, padres, hermanxs para poner nombre y acto a esas ausencias que anidan en cada familiar. “Los sobrevivientes rozamos ese agujero”, dice Susana. Al ser consultada sobre la construcción particular de la memoria materna, es decir, el recuerdo de aquellas mujeres desaparecidas a las que sus hijos sobrevivieron sin conocerlas, Susana afirma que “para lxs sobrevivientes es un compromiso político y ético aportar a esa memoria, que está también rodeada de dolor y angustia propios al recordar lo momentos vividos”.

Susana Leiracha fue una de las detenidas de la ESMA que la dictadura militar ocultó durante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. En 1979, ella junto a otro grupo apodado como “Los Capucha”, fueron trasladados a una isla del Delta llamada “El Silencio”. En su tiempo como desaparecida, Susana conoció a muchas mujeres y hombres en la ESMA a los que hoy intenta mantener en el recuerdo para aportar en la construcción del rompecabezas materno y paterno de sus hijos e hijas, pero también, “para recuperar” la “propia imagen militante”. Susana dice sobre los recuerdos: “Son pedazos de historia que les acercamos para comprender el porqué de la desaparición y lo más duro de aceptar: no saber el destino de sus personas amadas por el ocultamiento y el andamiaje clandestino de la dictadura. Relatar cuando los vimos por última vez también es romper con la magia que los haría volver al hogar”.

Susana recuerda que en las décadas del ‘60 y del ‘70, el feminismo estuvo presente dentro y fuera de las organizaciones políticas y sociales. La lucha contra el patriarcado y el machismo también impactó allí, pero para ella, “no alcanzaron la relevancia de la Marea Verde lograda por las compañeras jóvenes (y no tanto) en las calles de la Argentina”.

“Dentro de los campos de concentración también existió la violencia machista como un plus sobre los cuerpos de mujeres. Era un extra sobre la violencia y la tortura cotidiana y funcionaba como otro modo de disciplinamiento social en condiciones extremas de indefensión. Paulatinamente, las voces de mujeres y diversidades sobrevivientes han encontrado un espacio para ser escuchadas y conseguir castigo a los genocidas”, reflexiona.

Durante los últimos años esa violencia machista sobre los cuerpos de las detenidas, que implicó en muchos casos abusos sexuales, se comenzó a considerar en los tribunales como parte del crimen de lesa humanidad, distinguiendo ese acto de la tortura específica. En los campos de concentración, ser mujer también significó cargar con tener la vida un poco más en riesgo que el resto.

“Desde Ni Una Menos y todos los colectivos asociados a esa experiencia, pasando por los Encuentros Plurinacionales de Mujeres y Diversidades, se ha logrado un punto de inflexión en la lucha contra las violencias machistas”, dice Leiracha. “Se puso en escena los femicidios, las violaciones y abusos sobre las niñeces, también el punitivismo contra el aborto exigiendo gratuidad, seguridad y legalidad. Se conquistaron muchos derechos y aún quedan otros por lograr”, reflexiona. Para ella, en ese recorrido “hay un hilo conductor entre el pañuelo blanco y el pañuelo verde”. Se trata, dice, de un punto de encuentro entre el movimiento de DDHH y el de mujeres y disidencias: “El pañuelo blanco se enlaza con el pañuelo verde en una línea de tiempo que va desde que aparece el reclamo de las primeras madres por sus hijxs desaparecidos/as, hasta la búsqueda de justicia ante los femicidios y la implementación del aborto legal, seguro y gratuito. Ambos pañuelos son prácticas simbólicas y también de comunicación: con la participación activa y entrecruzamiento en cada movimiento, llevando las consignas de uno a otro e incluso logrando sintetizar políticas”.

 

Las nietas de los pañuelos

Ana Testa es una de las «compañeras sobrevivientes». Estudiante de Arquitectura en la Universidad Nacional del Nordeste (UNE) con sede en Resistencia, Chaco, a mediados de los ‘70 se sumó a la Juventud Universitaria Peronista (JUP).  En 1975, con la intervención de la universidad, comenzó su militancia en la clandestinidad. Ana María dejó de militar en 1977 y dos años después, el 13 de noviembre de 1979, fue secuestrada y llevada al Centro Clandestino de Detención de la ESMA.

Para Testa, los ‘60 y 70 “fueron una época donde la militancia no distinguía entre hombres y mujeres. “Yo sé que hay una relectura sobre esto, pero la verdad es que yo soy de las que nunca notó la diferencia en aquella época entre la militancia del varón y la militancia de la mujer», afirma. Cuando quiere ejemplificar esa paridad de género, retoma lo vivido junto a las comunidades originarias con las que trabajaban: “Nosotros íbamos a construir casas con los estudiantes de la facultad y ahí las mujeres construían casas de paja y barro a la par de los hombres. De hecho, el setenta por ciento de estos ranchos eran levantados por mujeres, mientras que los hombres se dedicaban a otras labores”, cuenta. Ana habla desde la mirada situada. Los feminismos aportaron mucho en esa línea durante las últimas décadas: no es lo mismo hablar de una mujer rural que de una que vive en la urbanidad. La memoria también tiene interseccionalidad.

En la dictadura, las cárceles y Centros Clandestinos también fueron un escenario de lucha compartida. «Era tanto la mujer como el varón dentro de esos espacios, era una lucha pareja», recuerda Testa. Sin embargo, con la llegada de la democracia, surgieron dos referentes que marcaron el camino: las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, y en esas luchas Ana notó algo que nunca antes había notado: “Éramos más mujeres que varones».

Ana Testa

Desde las casas de paja en el interior chaqueño a lo vivido con la Marea Verde, Testa celebra el surgimiento de nuevas generaciones, a quienes atribuye un aprendizaje invaluable. “Cuando las chicas dicen ‘somos las nietas de los pañuelos’, es un momento que me llena de orgullo. Jóvenes que no superan los 50 años, incluso mis sobrinas y nietas de veintitantos, me enseñan constantemente con su valentía y sus acciones”.

Ana cree que la lucha por el aborto legal es un ejemplo de los logros alcanzados por las mujeres y diversidades. Sin embargo, advierte que “hoy con los personajes malvados y perversos que gobiernan es difícil hablar desde la alegría y la euforia de hace 10 o 15 años”. En ese sentido, cree que “hoy la lucha se transformó en la de no perder los derechos conquistados».

Ana ríe entre audio y audio. Pide perdón por su “poca capacidad de síntesis”. También le interesa hablar de otras cosas: su militancia en Santa Fe, las mujeres con las que vivió y luego no volvió a ver porque siguen desaparecidas. También sobre los vínculos que trabó con personas de otras provincias que, de no haber sido por la dictadura, no hubiera conocido jamás. Una de ellas es Laura Villaflor Garreiro. Con ella se nombraron tía y sobrina desde la primera vez que se vieron. Laura era de Avellaneda, Ana vivía en Resistencia. “De eso también quiero hablar en algún momento. De cómo una aprendió a querer a personas desconocidas”, dice.

Del pañuelo blanco al pañuelo verde, las mujeres siguen tejiendo memoria, lucha y futuro con el mismo hilo: el de no callar nunca más.


*Jésica Rivero es periodista especializada en género e investigación con perspectiva de genero y derechos humanos. Fue parte del equipo de asesoras de la Secretaría de Políticas de Igualdad y Diversidad del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación y se desempeña como comunicadora en proyectos de la economía social. Colabora en medios como Cosecha Roja, Tiempo Argentino, Revista Anfibia y Revista AreaUrbana entre otros.