Cuando pienso en las plazas, pienso en las personas que las habitan. La primera definición que aparece en el diccionario para la palabra es “lugar ancho y espacioso dentro de un poblado, al que suelen afluir varias calles”. La que le sigue me gusta más: “lugar donde se venden artículos diversos, se tiene el trato común con los vecinos y se celebran las ferias, los mercados y las fiestas públicas”.
Pero aún así, el diccionario no alcanza a captar la esencia de este lugar donde suceden tantas cosas al mismo tiempo: ferias; clases de folklore, bachata, fitness, yoga y zancos; murgas que retumban en las cuadras aledañas; un skatepark que junta grupos de bicicletas, skates y rollers para pasar la tarde; calesitas que giran esperando a los chicos sólo para seguir dando vueltas.

Para nosotros, plaza es sinónimo de sol, mates, bizcochitos Don Satur. Es testigo de adolescentes que habitan este lugar como su punto de encuentro predilecto después de la escuela; de sus amores escondidos a plena luz del día y de las inevitables tristezas de corazones rotos; del final de ese invierno que deja a sus árboles sin su vestimenta de hojas, pero que regala esa calidez que nos ilumina en charlas interminables una tarde de un sábado cualquiera.
Sabe ser el lugar indiscutido para plantear reclamos justos, para hacer memoria y para hacer que se escuche nuestra voz. “Nos vemos en la plaza”, como contraseña que se repite cada año para reunirnos en el punto de encuentro donde nos vemos cara a cara y nos sentimos más cerca.
Y agregaría una definición más: el lugar a donde siempre volver. No siempre de la misma forma, pero siempre volver.
Pienso en la plaza, vuelvo, la observo. Ya no soy la misma. Ella tampoco.
Puedo ver a la niña que fui en los toboganes que parecían la montaña más alta, en la sortija de la calesita y en las tardes después de la escuela donde lo único importante era lograr hamacarme cada vez más lejos, sin miedo a caer.
Quizás habitamos las plazas para sentirnos un poco más cerca de la naturaleza. Para sentirnos un poco más cerca de nosotros, de nuestros amigos, de nuestro barrio. Porque un barrio que no tiene plaza es como si le faltara algo. Como si no tuviera ese lugar a donde siempre volver.

Magalí Onetto es comunicadora social, fotógrafa, creadora de contenidos y algún popurrí de cosas más que seguramente tengan que ver con el arte y el mundo audiovisual.
Trabajó creando contenido para agencias, marcas personales y organizaciones del tercer sector, y actualmente trabaja en la Secretaría de Coordinación Institucional de la UNLZ.















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