Ver –o rever– La historia oficial, la primera película argentina ganadora de un Oscar, que cuenta la transformación de una mujer al enterarse de que su hija adoptada podría haber nacido en un centro clandestino de detención, ayuda a entender que los discursos negacionistas que hoy son avalados desde el poder pueden rastrearse en los relatos de diversos sectores de la sociedad que circulaban en los finales de la última dictadura.

Por Germán Ferrari*

 

Los discursos que niegan / justifican / minimizan / ocultan las atrocidades políticas, económicas, sociales y culturales de la última dictadura asisten hoy a un triste renacimiento, multiplicados por las redes sociales y no pocos medios de comunicación tradicionales, que son, a la vez, sostenidos y alentados desde la Casa Rosada, un hecho inédito en las más de cuatro décadas de democracia ininterrumpida en el país.

Esos relatos vociferados por la derecha en sus diversas variantes –desde la ultra a la más moderada, salvo escasísimas excepciones– sumergen sus raíces en los oscuros tiempos del régimen cívico-militar que usurpó el poder entre 1976 y 1983.

El cine es una herramienta valiosa para reflexionar sobre esas ideas que hoy parecen haberse adueñado de algunas voces que en otros tiempos preferían esconder sus comentarios prodictadura para no pasar vergüenza y no porque les importara la posible apología del delito. El archivo La dictadura en el cine, realizado hace ya algunos años por Memoria Abierta, así lo demuestra.

La historia oficial, la primera película argentina que ganó un Oscar –la casualidad quiso que la ceremonia fuera el 24 de marzo de 1986–, sirve para rastrear algunos de los lugares comunes del negacionismo que circulaban hacia el final de la dictadura, momento retratado en la obra de Luis Puenzo, y que hoy son repetidos –con matices y aditamentos propios de esta época– por ciertos discursos de odio.

 

 

Quién sabe, Alicia, este país no estuvo hecho porque sí

“La Historia es la memoria de los pueblos”. Una veintena de varones vestidos de saco y corbata escucha las palabras de presentación de su profesora de Historia Argentina, Alicia Marnet (Norma Aleandro), en el primer día de clases de un colegio nacional porteño en marzo de 1983.

La profesora Alicia prefería aferrarse a la versión tradicional de nuestro pasado. La dictadura se derrumbaba y parecía ajena a la realidad del país. Sus estudiantes lo advierten y antes de una clase la sorprenden con un pizarrón repleto de recortes de diarios con noticias de bebés robados, solicitadas en favor de los derechos humanos, tapas de la revista Humor, dibujos con tiza de tumbas NN y calaveras. Una de las notas refleja la visita de las Madres de Plaza de Mayo al papa Juan Pablo II para llevarle su dolor y reclamar por los detenidos-desaparecidos.

–Esa división está llena de insolentes. Hoy me llenaron el salón de solicitadas, de recortes. Francamente, no sé qué es lo que quieren –le comenta a Benítez (Patricio Contreras), un descontracturado profesor de Literatura, que había conseguido trabajo como docente en ese secundario después de ser perseguido en Mendoza cuando daba clases en la Universidad.

–Querrán que se entere –le responde.

Benítez le abre los ojos a esa mujer que tiene una hija adoptada, Gaby, y que desconoce los detalles sobre el trámite exprés en recibir a la criatura. Toda la gestión la realizó su marido, Roberto Ibáñez (Héctor Alterio), un empresario turbio que decidió ocultarle los pormenores de la adopción. Según la partida, Gaby nació el 23 de marzo de 1978.

Quizás haya sido en el Jardín que la pequeña aprendió una canción que entona a lo largo de la película: “En el país de Nomeacuerdo / doy tres pasitos y me pierdo…”, de María Elena Walsh.

–Y esas listas, con todos esos desaparecidos, hasta bebés. ¿Será verdad? ­–le pregunta Alicia a Benítez, atrapada por la duda.

–Siempre es más fácil creer que no es posible, ¿no? Sobre todo, porque para que sea posible se necesita mucha complicidad, mucha gente que no lo pueda creer, aunque lo tenga adelante, ¿no?

Alicia y Benítez van en un Renault 6 blanco que maneja ella. De pronto, no pueden avanzar porque se cruza una manifestación de los organismos de derechos humanos. Ella deja el auto, mira y escucha a los manifestantes: “Milicos, / muy mal paridos, / ¿qué es lo que han hecho con los desaparecidos, / la deuda externa, / la corrupción? / Son la peor mierda que ha tenido la Nación. / ¿Qué pasó con las Malvinas? / Esos chicos ya no están, / no debemos olvidarlos / y por eso hay que luchar”.

 

Estamos en la tierra de nadie, pero es mía

Pero la primera persona en abrirle los ojos sobre la realidad del país es su amiga Ana (Chunchuna Villafañe), que había regresado de su exilio en Europa. Ellas se reencuentran en una reunión de excompañeras en una lujosa confitería. En silencio, entre tés y masas, Alicia y el resto de las invitadas escuchan a Dora (Lidia Catalano) despacharse con los lugares comunes del discurso de la dictadura:

­–Todos los hijos le salieron subversivos. Así los habrá criado –dice sobre una excompañera ausente.

–¿Y vos cómo sabés que eran subversivos?

–¡Ay, Luisa, por favor! Si se los llevaron por algo habrá sido, ¿no?

Dora arremete luego contra Ana:

–¿Y volviste para quedarte ahora?

–No sé todavía.

–No todos podemos elegir entre el duro caviar del exilio y el “hogar dulce hogar”. Así que no pretenderás que te compadezca.

Pero Ana no se queda callada:

–Vos estás igual, estás idéntica. Mirá que pasaron años, ¿eh?, pasaron cosas, y vos estás igual, igual a la que era la alcahueta de la celadora, a la que me regaló dos saleros de plata cuando yo no tenía más que un colchón en el suelo para dormir…

 

Después de esa reunión, Alicia invita a Ana a cenar en su casa con Roberto. En la sobremesa, ya solas, Ana le revela su secuestro, las torturas sufridas y los horrores del campo de concentración, con mujeres que parían y les robaban a sus bebés. Nunca le había hablado de ese calvario, determinante para decidir exiliarse. Con ingenuidad, Alicia le pregunta si había hecho la denuncia. “¡Qué buena idea!”, le contesta Ana con sorna.

 

Sobre el pasado y sobre el futuro, ruinas sobre ruinas

Después de la conversación con Ana, Alicia está decidida a saber la verdad sobre el origen de Gaby. Buscar consuelo en su religión y se confiesa con un sacerdote conocido, que acompañó a su marido a recoger a la bebé (lo sabemos porque ella lo afirma).

Durante el sacramento, le relata su propia historia (le habían ocultado la muerte de sus padres en un accidente) y le cuenta sobre Gaby. El cura se limita a decirle:

–Dios te ha encomendado a esa criatura, Alicia. Él lo ha querido así. ¿Por qué dudar de su infinita sabiduría? No ofendas al Señor. Lo que te ha sido dado no lo rechaces.

A pesar de la insistencia de Alicia, el religioso no cambia de actitud:

–Has tenido piedad y misericordia. La has protegido de los males y peligros a los que ha podido estar condenada.

Luego, Alicia se decide a preguntarle sin rodeos a su marido:

–¿Gaby puede ser la hija de una desaparecida?

–¿De dónde sacás esas cosas, Alicia?

 

Roberto y su pacto de silencio. Roberto y la elección de un chivo expiatorio. “Por algo vivía con un subversivo”, dice de Ana. Él cree que fue ella quien le llenó la cabeza a su esposa. “Lo que no entiendo es cómo pudo volver a entrar y andar suelta…”.

En un encuentro casual, Roberto se atreve a decirle a Ana que “de muy buena gana” la hubiera delatado a ella y a Pedro, su antigua pareja, un militante. “A todos ustedes habría que barrerlos a la basura”.

Después de varias averiguaciones, Alicia se encuentra con quien podría ser la abuela de Gaby en una ronda de las Madres y la lleva a su casa para presentársela a Roberto. Él estalla y trata a ambas de “locas”.

Los inocentes son los culpables, dice su Señoría, el Rey de Espadas

Cuando todavía está en la búsqueda de datos para confirmar su presunción de que Gaby es hija de desaparecidos, Alicia va a un almuerzo a lo de sus suegros. Con ellos vive también su cuñado (Hugo Arana), “un viudo muerto de hambre, con la fábrica quebrada, con tres hijos, que tuvo que volver a vivir a la casita de los viejos”, según su autorretrato. Es un domingo familiar en una casona antigua, con patio y fondo, pero Alicia no puede olvidarse del tema. Le comenta su sospecha a su cuñado y él le plantea si no había hablado con su marido. “A lo mejor Roberto tampoco sabe”, le responde.

Roberto está a disgusto ahí. Siente que es un lugar al que no pertenece. Y la tensión subterránea estalla y se desparrama en la mesa. “Todo el país se fue para abajo. Solamente los hijos de puta, los ladrones, los cómplices y el mayor de mis hijos se fueron para arriba”, sentencia el padre de Roberto (Guillermo Battaglia), un exiliado español del franquismo.

Roberto no se contiene: le recuerda que perdió la guerra civil y le reprocha que se quedó en el tiempo, que conserva las mismas máquinas en la carpintería de hace 40 años. “Siguen repitiendo las mismas boludeces anarquistas de toda la vida”.

Es una discusión de hombres. Alicia y su suegra no participan. El hermano de Roberto refuerza el discurso del padre: “Y esta otra guerra, la guerra que ganaste vos con los de tu bando, ¿quién la perdió? ¿Sabés quién la perdió, hermano? Los pibes, los pibes, como los míos, porque ellos van a pagar los dólares que se afanaron. Y lo van a tener que pagar no comiendo y no pudiendo estudiar. Porque vos no vas a pagar. ¿Qué vas a pagar vos, si vos no sos un perdedor?”.

Final de la escena.

Aquella frase de Roberto –“siguen repitiendo las mismas boludeces anarquistas de toda la vida”– podría ser traída a la actualidad. También se puede ensayar el siguiente ejercicio: quitar “anarquistas” y poner “peronistas”, “comunistas”, “socialistas”, “zurdas” o “wokistas”. La afirmación cumpliría perfectamente los estándares del lenguaje autoritario que circula en estos días.


*Germán Ferrari (Lomas de Zamora, 1969). Docente de Periodismo Gráfico y Taller de Periodismo Gráfico en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ). Trabaja en los medios desde hace más de tres décadas. En la actualidad, colabora en las revistas «Cordón» y «Caras y Caretas». Es autor de «Símbolos y fantasmas. Las víctimas de la guerrilla: de la amnistía a la ‘justicia para todos'» (2009); «1983. El año de la democracia» (2013); «Osvaldo Bayer. El rebelde esperanzado» (2018) y «Pablo Rojas Paz va a la cancha. Las crónicas futbolísticas de «El Negro de la Tribuna»» (2020). Su último llibro es «Raúl González Tuñón periodista. Medio siglo entre máquinas de escribir y lunas con gatillo» (2025).