Estoy segura que solo hace falta que uno de nosotros se descalce para empezar a animalizarnos. Especialmente si esa señora, la paqueta que usa camisa de lino, pantalón de vestir con la línea bien marcada de haber sido planchado esta mañana y zapatitos de taco fino, se sacara los tacos. Sería todo mucho más fácil. Si la señora más prolija de los bancos se sacara los tacos, si cuidadosamente deslizara las finas medias negras de sus pies venosos y, discretamente, las guardara bien dobladas en la cartera —no sea cosa que se les corra ningún punto— y, finalmente quedara descalza, los pies encremados, uñas recién pintadas, talco entre los dedos y talón suavizado a piedra pómez. Si la señora paqueta quedara, qué libertad da decirlo, si se quedara en patas y acariciara el pasto con las plantas de los pies y, si hundiera sus dedos en la tierra, uñas de pronto embarradas, ¡y si con esa pavada enloqueciera de relajación y felicidad! Si tan solo eso pasara, alguno que otro se animaría a hacer lo mismo.

Despacito, con carpa, el administrativo de chomba blanca desataría los cordones de sus zapatos de cuero marrón. La de al lado haría palanca con los dedos de los pies y en dos movimientos se desharía las chatitas rojas que le aprietan a más no poder. Los más jóvenes y las más crotas nos sacaríamos las zapatillas en un santiamén. Si total, la señora paqueta lo hizo. Y mirá cómo se le aflojaron los hombros, que bajaron como tres centímetros de cada lado, y mirá cómo se le destensaron los músculos de la cara, que hace diez minutos la tenía más arrugada.

En eso pienso cuando vengo a lagartijear, como dicen mis compañeros, a la salida de la oficina. Nos miro a los del círculo de lagartijas, todos humanos que necesitamos sentirnos más animales por un rato. Imagino el placer que nos daría sacarnos las capas de ropa, y crema, y esmalte, y limpieza. Ensuciarnos, sentir la tierra, arrancar yuyos con los dedos de los pies, pincharnos y quejarnos del disgusto. Más que quejarme, preferiría gruñir. Y revisar con qué fue que me pinché, acercarme al abrojo responsable con la mirada tan concentrada y tan cercana, como invadiendo el espacio personal de alguien, y gruñir satisfecha cuando entienda que fue eso lo que me hizo doler. Quisiera relajarme, relajarnos, de la intrínseca tensión de la ciudad, de esa fricción que la mantiene funcionando. Descivilizarme. Aculturizarme. Volverme un animal que anda descalzo, el pelo bien enredado, que se comunica con gruñidos y tiene una mirada más pura de la que podemos comprender. Quisiera dejar de ser quien sólo contempla la naturaleza y volverme una con ella. Un ser cuyos pies no laten abombados como pidiendo perdón, por favor, basta.

Mis compañeros me dicen lagartija porque, a veces, cuando salgo del trabajo me tiro al sol en unos bancos, junto a los otros oficinistas de otros lados que necesitan lo mismo que yo. Algunos sacan sus tuppers y comer de ellos se vuelve menos humillante, otros salen en grupo y conversan, otros se animan a cerrar los ojos y disfrutan la sensación de que les pegue el sol.

Cuando me tiro en esos bancos, mis pies ruegan por descalzarse y sentir el pasto. Laten embutidos en la cuerina de las zapas, hormiguean al sentir el contacto con el suelo, añorando la tierra y los pinchazos. Siempre pienso que debería empezar a venir más paqueta. Así, cuando finalmente me descalce, ayudaré a los demás a animalizarse mejor.


*Locutora nacional y estudiante del Profesorado en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.