La presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora falleció rodeada de su familia y sus compañeras. La desaparición de Alejandro en 1975 transformó para siempre su vida y la convirtió en una de las voces más persistentes en la lucha por memoria, verdad y justicia.
Por Luciana Bertoia*
Foto: Tiempo Argentino
“Alejandro Martín salió de su casa a las 20.30, pero debía regresar inmediatamente, ya que iban a cenar con su madre, con quien vivía. Desde el momento que salió, no se supo más nada de su paradero”. El párrafo que figura en la denuncia ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) condensa la tragedia que desde el 17 de junio de 1975 vivió Lydia Estela Mercedes Miy Uranga. Si bien los archivos dicen mucho, poco cuentan sobre cómo ese día nació otra mujer, “Taty” Almeida, que movió cielo y tierra por encontrar a su hijo. Pedía no morirse sin poder tocar, aunque fuera, los huesitos de Alejandro. No lo logró. Emblema de la lucha por los derechos humanos, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora murió el domingo a los 95 años, rodeada del amor de sus familiares y compañeros.
Taty tiene dos historias: la que comenzó con su nacimiento y la que inició tras la desaparición de su hijo, cuando todo su mundo se puso de cabeza.
Nació el 28 de junio de 1930 en una familia militar. Su padre se retiró con el grado de teniente coronel. Su hermano Carlos llegó a ser coronel del Ejército. Sus cuñados eran de la Fuerza Aérea.
A los 21 años, se casó con Jorge Almeida. Con él tuvo tres hijos: Jorge Martín (1953), Alejandro Martín (1955) y María Fabiana (1956). En 1970, Taty decidió que su matrimonio no daba para más y se separó. Así se los comunicó a sus hijos. Les pidió que terminaran los estudios de noche y que se consiguieran un trabajo. Ella pasó a ser secretaria y a hacer encuestas.
Alejandro entró primero a trabajar en la agencia de noticias Télam. Después pasó al Instituto Geográfico Militar. Estudiaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Su mamá no lo sabía. Él la abrazaba, desde su metro ochenta y dos, y le decía “gorilita”.
Lo que sí le había contado es que había visto que un Ford Falcon lo seguía. En ese momento, Taty no estaba en casa porque había viajado a Europa. Alejandro se asustó tanto que fue a quedarse unos días en la casa de su tía.
El 17 de junio de 1975, Taty estaba preparando la comida en el departamento de Palermo que compartía con Alejandro y Fabiana.
–Mamá, ya vuelvo– fue lo último que le escuchó decir a su hijo.
Esperó. Y siguió esperando. Al principio, se calmó diciendo que iba a tener que regresar pronto. No llevaba sus anteojos ni el paquete de cigarrillos. Después, no aguantó más. Salió a preguntar a los vecinos si lo habían visto. Lo único que logró saber es que esa noche, en Canning (Scalabrini Ortiz) y Santa Fe, se había hecho un operativo.
Taty golpeó todas las puertas. Tuvo acceso a algunos de los militares más importantes del país: Ramón Camps, Leopoldo Fortunato Galtieri, Albano Harguindeguy y Orlando Ramón Agosti. Ninguno la ayudó.
De todos modos, el 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas derrocaron a María Estela Martínez de Perón, ella sintió esperanza. Quizá ahora sí podría recuperar a Alejandro.
Tardó en incorporarse a las Madres de Plaza de Mayo, que desde abril de 1977 desafiaban a la dictadura de Jorge Rafael Videla. Pensaba que con su “prontuario” podrían pensar que era una espía.
Se animó finalmente cerca de 1980. Fue hasta la Casa de las Madres con su hija Fabiana. La primera impresión que se llevó fue al entrar al lugar y toparse con cientos de fotos de hombres y mujeres. Desaparecidos. Tan desaparecidos como Alejandro. Esa tragedia que ella padecía en soledad no era únicamente de ella: era de miles de madres que buscaban desesperadas.
Llegó a Madres y nunca se fue. Hace unas pocas semanas, decía que unirse a Madres fue lo mejor que había hecho. Encontró allí la contención, un lenguaje común, un dolor compartido que iba más allá del significado de las palabras.

Taty con Estela. Fuente Abuelas
Taty estaba convencida de que Alejandro estaría orgulloso de lo que había hecho. Ella le hizo caso. Lo buscó en sus compañeros. Como él escribió en un poema que su mamá descubrió hurgando en los cajones. Era una despedida, pero también un mapa de ruta.
Era cristiana, aunque su modo de orar era pelearse con un santito que estaba colgado en una de las paredes de su departamento. Nunca perdió la fe. Creyó en la democracia y esperó hasta el último aliento poder cumplir su deseo más grande: acariciar un huesito de Alejandro. Los represores, que guardan silencio, la sometieron a esa última crueldad.
Estuvo internada desde el 26 de mayo en el Hospital Italiano. Sus hijos Jorge y Fabiana le hablaron: le dijeron que se fuera a abrazar con Alejandro, que ellos iban a continuar con la búsqueda.
Hace unos meses, le preguntamos cómo quería ser recordada. Dijo que con alegría. Taty tenía lemas en su vida. Uno era: militancia y joda. Otro era decir que las “locas” –a pesar de las sillas de ruedas y de los bastones– seguían de pie porque no las habían vencido.
Taty fue eso: una mujer que renació de sus cenizas y que, a pesar de los golpes, no perdió la alegría de estar viva. Era alguien que asumió la búsqueda y la política como parte de su vida. Una vida que no había elegido pero que honró hasta el último minuto.

Luciana Bertoia es periodista y docente universitaria. Estudió Periodismo en TEA,
Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y realizó la Maestría en
Derechos Humanos y Democratización en la Universidad Nacional de San Martín
(UNSAM), con beca de dedicación exclusiva. Actualmente es doctoranda en Ciencias
Sociales en la UBA. Se desempeña como periodista en Página/12, especializada en
temas judiciales y de derechos humanos, y fue subeditora de Política en el Buenos
Aires Herald. Desde hace nueve años dicta clases en la carrera de Justicia y Derechos
Humanos de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Asimismo, se ha desempeñado
y colaborado en diversos medios de comunicación, entre ellos la TV Pública, Radio
Provincia de Buenos Aires, Somos Radio, El Cohete a la Luna, El Destape, Anfibia,
Crisis, Caras y Caretas, The International Justice Tribune (La Haya) y The Guardian.



Comentarios recientes