Leo se armó un pucho con sus papelillos saborizados de naranja después de que Kiari le dijera que no sea trolo (por haberse comprado papelillos con gusto a naranja).

Hace un calor apestoso, de esos que ponen a levitar los pelos, las axilas, las miradas. Nuestras ideas levitan también, pero por los niveles de abstracción que nos asaltan cuando somos capaces de concretar una tarde de estudio. Esto no pasaba desde la pandemia, pienso. Ahora somos otros estudiantes que los que éramos cuando nos conocimos, allá en la virtualidad, en los años en que alcanzaba con sacar buenas notas y no necesitábamos fingir madurez ni ir a la caza de experiencia laboral.

Nuestras ideas levitan y saltan, bailan graciosas entre la marea de nerviosismo que inunda las horas previas al final de esa materia que llegamos a cursar juntos sólo porque la evitamos lo suficiente para que estallara en nuestras narices al unísono, justo después de que las correlativas de las correlativas dejaran de surtir su efecto aplazador.

-Si no doy esta materia no me recibo chicos- dijo Kiari en su tono de chiste. La sonrisa perenne, la mirada taxativa.

Solo que no era chiste. Sin esa materia adentro, Kiara no se recibía y eso era tan absurdo, si apenas estábamos en segundo año y, temerosos de algún día atravesar las puertas del aula de Comunicación l, cursábamos Medios de Comunicación Social en plena pandemia y descubríamos lo bien que funcionaba aquel grupo en el que ¡milagro! todos trabajábamos. Nunca vi un documento compartido redactarse tan rápido, cuento cada vez que le cuento a alguien por primera vez de mis facuamigos de fierro. Oh milagro todos trabajan y de pronto empieza la cursada presencial y me los cruzo, a veces en los pasillos, con suerte en las aulas, cuando se alinean los planetas y nuestros cronogramas. Los extraño en cada materia en la que eso no pasa.

Y de golpe y a porrazos, como si nada, como si la vida no nos hubiera pasado por arriba en los años que nos hicimos compañía, estamos estudiando juntos. Como si no nos alcanzara con el sufrimiento de mil fracasos amorosos acumulados, o uno solo bien traumático, o años de eterno noviazgo (que eso también hay que aguantarlo). Como si no hubiéramos tenido suficientes duelos, decepciones y anhelos estrellados contra el suelo. Como si no hubiéramos empezado y dejado terapia más veces de las que nos lo contamos, como si no hubiéramos pasado por más de una taquicardia, una inflamación de los ganglios como dos pelotas en la garganta, por ataques de pánico que dejaron a uno de nosotros por un cuatrimestre entero metido en la casa. Como si no hubiéramos buscado miles de veces trabajo y a veces no conseguimos y lloramos, y otras sí lo hicimos e igual lloramos porque la vida adulta no es lo que imaginábamos y trabajar, aunque sea de lo que te gusta, sigue sintiéndose raro. Como si la adolescencia no se nos hubiera disuelto en el transcurso de los años. Como si no hubiéramos hecho otros amigos en esta cursada que sin amigos ni mate no se pasa, estamos -Leo, Kiara y yo- juntos, estudiando.

Estamos estudiando para un examen que es de memoria. Repetimos el quejido como un rezo, ya estamos grandes para estudiar de memoria, pero es de memoria. Nos halló una tarde húmeda y calurosa, la atmósfera pesada como una bomba que nunca explota, el pelo dibujando la silueta de la transpiración en la frente, nuestros cerebros despanzurrados ya, muertos ya de miedo, entre bizcochitos y papeles, tantos papeles, y la compu, santa compu, puesta en el medio como para un ritual, con su aula virtual y sus cuestionarios terminados y los apuntes de las clases que tomamos. Nos decimos «fuimos a todas las clases, algo debemos haber captado», y uno se corrige, “no, yo no fui a todas, hubo un par que falté», y otra dice, «yo también», y ahí es cuando salto y digo que fui a todas, que absorbí el conocimiento por los tres, hasta que veo el mensaje para mi yo del futuro depositado en los encabezados de cada hoja de mis apuntes: “llegué tarde, pedir principio de la clase a los chicos”.

Leo se fue a fumar a la terraza y nos contesta preguntas desde la ventana. Nosotras nos quedamos en la mesa, un poco por el aplastamiento que generaba esa humedad absurda, otro poco para evitar que los bizcochitos perecieran comidos por alguno de los cinco (¿o seis? ¿tal vez siete?) gatos de la casa de Leo, que nos rodean como quien no quiere la cosa mientras se relamen para sus adentros. De todos modos, no pudimos evitar que Ali, el más angurriento, sumerja la cabeza en el paquete, mastique unos bizcochitos y babee otros. Ali, además del más angurriento, es, en mi opinión, el más lindo de todos los gatos de Leo, Feucha la más buena, y el Tóxico mi debilidad. Toxi es un mini gato negro, tiene una enfermedad cuyo nombre no recuerdo, que lo hizo quedar chiquito y caminar con un rengueo particular, como si la cadera se le corriera para el costado cada tanto. Suele tirarse al piso panza arriba mientras hace un maullido largo y es más errático, traicionero y vengativo que cualquier otro gato que haya conocido. A la mayoría nos muerde sin demasiada justificación, aunque cada tanto elige a alguien para recostarse en su regazo. Se dice que el elegido tiene el aura impoluta, o eso nos hace creer el Toxi mientras maúlla y mordisquea a cualquiera que se acerque al elegido.

La novia de Leo nos hacía compañía mientras esperaba a que llegara su remis, la pobre se sabía las respuestas a las preguntas de los cuestionarios mejor que los tres juntos. Leo y su manía de repetir lo aprendido hasta el cansancio a sus seres amados. Va a ser un gran profesor. Kiara tiene la vista clavada en la compu, la mirada brillante, su mente que vuela tanto para entender la teoría como para hacer esos chistes con los que ella y Leo se pican mutuamente. A mí no me los suelen hacer. Creo que captaron que joder de esa forma no es mi onda, y así me aceptan y me quieren. Solo me descansan cuando llego demasiado tarde, o cuando digo que no estudié mucho y termino sacándome un nueve.

Querernos fue una consecuencia ¿cuándo no lo es? pero fue una consecuencia de aquella chispa que nació en pandemia, cuando ver sus caras por videollamada era un consuelo, uno de tantos, de la sociabilidad que tanto extrañábamos, de los posibles facuamigos perdidos para siempre en el agujero negro que la virtualidad arrojó sobre nuestras vidas universitarias recién estrenadas. Los años pasaron, las materias también y aquí nos reencontramos (estar con ellos siempre se siente como un reencuentro), estudiando para el final de la última materia que podíamos cursar los tres.

Si todo sale bien, Kiari se recibe de licenciada el año que viene. Si todo sale bien, el año que viene a Leo le da el porcentaje de materias para dar clase. Si todo sale bien, me da miedo contarles lo que planeo hacer.

Todavía me asombro. Nos recuerdo, en el comienzo, en años que pasaron como un parpadeo. Y ahora ya rendimos mil parciales y trabajos prácticos y ya aprobamos y regularizamos y preparamos este final.

Ya está.

Ya rendimos el final.

Ya pasó el verano, y me junté con Leo a armar el currículum docente.

Ya volví al trabajo, y a la salida me crucé con Ki que hizo catarsis de su última crisis laboral. Esta vez se plantea seriamente renunciar.

Mientras tanto yo, como desde hace años, me bamboleo en sogas, visito lugarcitos y lugares y lugarazos dando saltos, volteretas, pierdo el equilibrio y me caigo y encuentro, cada vez, una nueva forma de hacerlo de parado.

En la espesa cortina de incertidumbre que empieza a cernirse sobre nuestros futuros como jóvenes adultos, escucho una voz con esperanza.

La de Kiari, despegando las retinas de la compu para decir «Leo, no seas trolo» mientras él saca sus lillos de naranja.  La de Leo, contestando «¿qué te pashha, cara de shhimio?», con las eses afectadas por tener un filtro entre los labios para armarse el cigarrillo.  La mía, cuando ordeno un manojo de hojas manoseadas y les digo «¿Por dónde era que nos habíamos quedado, chicos?»

En nosotros encontramos, por lo menos, mientras tanto, una isla de certeza en el medio del vacío.


*Locutora nacional y estudiante del Profesorado en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.