Capítulo IV

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Encendí el extractor, el ruido del turbo adormece, una molestia constante que una no registra hasta que la naturaliza, como a un hijo. Recién ahora me doy cuenta del alivio que siento de vivir lejos de Carla. Una parte de mi cerebro estaba destinada a pensar en ella constantemente, en la comida, en su estado de ánimo, en si iba o no a la escuela. Durante un año la desperté a las seis y media de la mañana. Golpeaba con miedo, al principio despacio y después más fuerte, sin entrar en su habitación. Carla no respondía o balbuceaba dormida. Yo no podía volver a acostarme, era mía la responsabilidad de que no se quedara libre. Cuando el tiempo alcanzaba únicamente para salir corriendo, entraba en la habitación. Carla, levantate, son las siete menos cuarto. Ella me gritaba: no voy a ir. Yo también levantaba la voz, aunque menos. Qué pensás hacer. Carla me respondía con insultos. Me volvía a acostar con el corazón en la boca. Enseguida escuchaba el ruido del baño y el portazo en la puerta de entrada. A veces lloraba. No sabía cómo resolver esa situación. Cuando Carla volvía del colegio era adorable, como si nada hubiera pasado. Le seguía la corriente, salvo una vez que intenté deslizar el tema, pero ella fingió que no recordaba nada. Que estaba dormida, dijo.

Se lo comenté a Solana, mi amiga lesbiana que ve el patriarcado en todos lados. Me habló de maltrato, me pareció mucho. Pero era cierto que tenía miedo de despertar a mi hija todas las mañanas y solo podía dormir bien los viernes y los sábados que no tenía que hacer el esfuerzo de llamarla. Carla llegó ese mediodía y abrazó a Solana. La conocía de toda la vida, era su ídola, a mí me dio un beso en la mejilla y me preguntó qué había para comer. Almorzamos hablando de cualquier cosa, yo ya me había olvidado de que se lo había contado.

—Carla, ¿qué te pasa a la mañana?

—Nada, por —respondió mi hija, claramente sorprendida.

—Estuvimos hablando con tu mamá, le gritás y la insultás todas las mañanas cuando te despierta para ir al colegio.

—No, nada que ver. Debe ser que estoy dormida.

— ¿Por qué no te ponés el despertador?

—Porque no lo escucho y no tengo más faltas, me voy a quedar libre.

—Dame el celular que te voy a configurar la alarma para que tengas que sacudir el aparato cincuenta veces.

—No, Sol —dijo Carla, pero se lo dio—, ¿En serio no te acordás de cómo tratás a tu mamá cuando te despierta?

—No, soy medio sonámbula.

—Habría que consultar con un psicólogo, seguro tenés algún trastorno del sueño que se debe poder tratar. ¿Vos estás de acuerdo? —me preguntó.

Asentí con la cabeza. Carla no lo podía creer. Al otro día escuché su alarma sonar durante diez minutos, me esforcé muchísimo por no levantarme pero no lo logré. Golpeé despacio la puerta.

—Pasá  —me respondió Carla del otro lado. Estaba agitando el celular sin parar y sonreía—. Me cagó la vida. Ya estoy re despierta, no te preocupes.

Sí, era un alivio. Cada vez pensaba menos en ella. Le mandaba un mensaje cada tres o cuatro días. A principio de mes le transfería la plata de sus gastos a mi madre y pagaba el colegio. No había reclamos ni culpa, santo remedio.

Ahora mientras espero a Emma, la mamá de Jazmín, la chica acusada de matar a golpes junto a su pareja a su hijo de cinco años, leo un artículo que dice que las mujeres heredan la genética de su abuela materna. Parece ser que desde que una mujer concibe un feto hembra, ya contiene la cantidad de ovocitos que serán óvulos en la vida adulta. A Emma la culpa la sociedad, cómo no se dio cuenta del maltrato sistemático. ¿Cómo una madre pudo haber engendrado a una madre así? Concibió a una bebé que ya tenía la cantidad de óvulos que tendría de adulta. Uno de esos óvulos, al fecundarse, dio origen al nieto que más tarde su hija mataría. ¿Yo en el útero de mi madre ya contenía los óvulos de Carla? Se la agarrarían así conmigo si el día de mañana Carla cometiera alguna atrocidad parecida. Incluso estando a todos estos kilómetros de distancia. O precisamente por eso, por estar ausente.

Los perros salen disparados a ladrar antes de que golpeen las manos. En el portón están Emma y Coco.

—La señora no sabía cuál era la casa de la escritora.

—Gracias —respondo, abro el portón y Emma entra. Coco queda esperando un beso de saludo o que también lo haga pasar. No hago ninguna de las dos cosas.

—Cuando termine avíseme que la llevo a la señora.

Emma se desarma en agradecimientos.

Entramos nerviosas, me disculpo por los perros, ella me dice que le encantan. Le ofrezco algo de comer y niega porque es celíaca. No se me había ocurrido que una mujer empleada doméstica pudiera tener esa condición alimenticia, son enfermedades que se le diagnostican a la clase media. Me fijo que la caja de jugo tenga el logo de apto y le sirvo un vaso. Había dejado en reposo un té verde con cola de caballo y manzanilla para hacerme un trago con ese brebaje fuerte con un poco de soda. Aprovecho esa intención de engañar al cerebro para tomar algo desintoxicante y que ayude con la retención de líquidos.

Vuelvo en mí cuando Emma levanta la voz, me amenaza que no vaya a escribir algo que ella no diga. Ya no confía en nadie. Vino por sugerencia de la abogada defensora de Jazmín. Le pregunto si puedo empezar a grabar. Duda, pero asiente. No nos tuteamos.

—Yo no sé qué pasó con el nene —dice más para la grabación que para mí.

— ¿Sabe si Jazmín o su pareja tuvieron algo que ver con la muerte del chiquito?  —es una pregunta absurda, la cantidad de pruebas no dejan lugar a dudas, ambas lo mataron a golpes, pero quiero saber cuál es la mirada de Emma.

—Jazmín me dice que se va a hacer cargo de sus errores, que yo no me preocupe. ¿Usted tiene hijos?

—Sí, una hija.

—Bueno, usted me va a entender. Una por un hijo hace lo que tiene que hacer. Yo la fui a ver a la cárcel. Nunca había ido a un lugar así.

— ¿Y Jazmín qué le dijo?

 —Que va a pagar lo que tenga que pagar.

— ¿Qué es lo que va a pagar?

—Todas esas cosas que la prensa dice que le hicieron son mentira. Aparte el nene nunca se callaba la boca. Si le estaban haciendo algo, en algún momento, por algún lado, iba a salir.

— ¿Usted hablaba con el nene?

—Claro, si lo cuidaba todos los fines de semana, era mi nietito. Un nene muy charlatán.

— ¿Qué piensa que va a pasar con Jazmín, Emma?

—Estoy tranquila con la parte de la perpetua porque el forense, cuando habló, por lo que tengo entendido, no pudo confirmar un montón de cosas de las que se habían dicho.

— ¿Qué cosas se dijeron?

— ¿No lee usted? ¿No miró la tele?

—Sí, Emma, pero quiero saber de qué cosas habla usted. ¿Qué es eso que Jazmín va a pagar?

—Jazmín lo retaba, lo podía retar, pero ella dice que nunca le hicieron eso.

—  “Eso” qué, Emma?

—No me dijo qué… y yo no quiero escucharlo.

 

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Mariana Komiseroff nació en Don Torcuato, en 1984. Publicó el libro de cuentos “Fósforos mojados” (Suburbano Ediciones, 2014), la novela “De este lado del charco” (Editorial Conejos, 2015); la novela “Una nena muy blanca” (Emecé, 2019), el poemario “Györ Cronograma de una ausencia” (Patronus, 2022) y «La enfermedad de la noche» (Penguin Random House 2023)

Obtuvo una mención de la Secretaría de Cultura y la Fundación Huésped en el Concurso Cultura Positiva en 2006, y ganó el segundo premio Itaú Cuento Digital en 2013. Fue seleccionada para la residencia de artistas Enciende Bienal, y para el campus de formación de la Bienal de Arte Joven 2017. Obtuvo, entre otras, la beca a la creación del Fondo Nacional de las Artes y la beca Jessie Street para la diplomatura en Derechos Humanos de la Mujer de la Universidad Austral de Salamanca en 2018.