La ley que promueve el ingreso formal de personas travestis, trans y no binarias al Estado Nacional tendió un puente que transformó vidas signadas por una historia de expulsiones sistemáticas. En el Día de la Visibilidad Trans, Cordón reúne testimonios en primera persona sobre cómo el trabajo registrado atraviesa a quienes, de no ser por la ley, no estarían donde están hoy.
Por Victoria Sinnot*
Foto: Mauricio Centurión
Andy habla rapidísimo, sobre todo cuando está ansiosa. Camina a paso largo y enciende un cigarrillo tras otro en las cuadras que nos separan de la cafetería. “¿Qué preguntas me vas a hacer?”, indaga mientras esperamos para retirar el café. Su ansiedad la abandona en cuanto empieza a explicar lo que sea. Sus manos, antes dispersas entre los hilos de sus anécdotas, se recogen en el perímetro de la mesa mientras contextualiza, didáctica, qué es ser crossdresser, ser drag, ser una doll, hacer boy modding, misgenderear a alguien. Es paciente cuando se le pide repetir una definición o retomar un tema del que ya habló. Andy sería una buena maestra. No se suelen ver maestras como ella. Tiene 25 años y su sueño es ser una “chica básica”: “Cuando iba a bailar de adolescente, me acuerdo que veía a las pibas re básicas… un topcito, un shortcito y borcegos. Y yo que me vestía con pantalón chupín, remera larga, buzo y así nomás. Mi sueño es ser una chica básica, salir a bailar con top y pollera, porque es lo que me hubiese gustado hacer de chica”.
Al rato dice “no voy a hablar de normativa”, pero no puede evitarlo. Andy está estudiando Derecho en la Universidad de Buenos Aires (UBA), una vocación que descubrió en su trabajo. Al mencionar la carrera que estudia, algo en ella encaja, se le aclara la voz y la fluidez de sus palabras. Empezó a interesarse por el derecho administrativo al interiorizarse en su trabajo en el área de recursos humanos. Andy entró en el área de capacitación de un organismo nacional en 2022, a partir de una búsqueda que se abrió con la sanción de la Ley de Cupo Travesti-Trans, el 24 de junio del 2021.
***
La Ley 27.636 de Acceso al Empleo Formal para personas Travestis, Transexuales y Transgéneros «Diana Sacayán-Lohana Berkins», establece un cupo mínimo de 1% de los puestos del Estado Nacional para esta población. Se trata de una de las conquistas por las que el colectivo luchó durante décadas, y surge de la dificultad para acceder al empleo registrado que suelen atravesar.
En la Primera Encuesta sobre Población Trans, realizada por el INDEC en el año 2012 (y de la cual no hubo ediciones posteriores), el 80% de lxs encuestadxs expresó dedicarse a actividades vinculadas a la prostitución. Esta realidad es resultado no sólo de la discriminación laboral, sino de una multiplicidad de discriminaciones que se superponen a lo largo de la vida de quienes expresan su género fuera de la heteronorma, donde la propia identidad se convierte en un factor de exclusión. Exclusión que muchas veces comienza desde las familias, con la expulsión del hogar como una de las consecuencias más graves y, a su vez, habitual; y sigue en la escuela, donde el acoso y la violencia institucional en ocasiones las lleva a abandonar los estudios. A la inseguridad económica y estrés crónico que fomenta la dificultad para conseguir empleo formal (relacionada tanto con el aspecto físico como con el impedimento para acceder a educación superior en igualdad de condiciones), se le suma la discriminación en el sistema de salud, en las instituciones religiosas, los medios de comunicación y, más recientemente, las redes sociales.
Las personas trans salen a la calle con su mochila de discriminaciones superpuestas, y lidiar con ellas está socialmente ligado a quienes son. Cabe destacar que todas las personas entrevistadas menores de 30 años mencionaron algo clave: este tipo de discriminación, fomentado por la falta de derechos y el vacío de instancias institucionalizadas de sostén, si bien persiste, fue más virulento hacia las personas trans que atravesaron su transición en la etapa previa a la Ley de Identidad de Género. Además, destacan que la última dictadura marcó especialmente a las diversidades, que la vivieron de un modo particular. Al no ser reconocidas como ciudadanas, no tener DNI, ni una familia que las buscara; sumado a que su círculo de amistades atravesaba la misma situación y el ensañamiento que había en torno a las disidencias sexuales a la hora de torturarlas, desaparecerlas fue mucho más fácil.

Foto: UNER
***
La Ley de Identidad de Género, promulgada el 24 de mayo de 2012, establece que toda persona tiene derecho a ser reconocida por su identidad de género, entendida como la percepción personal que cada individuo tiene sobre sí mismo en cuanto a su género, independientemente de sus características anatómicas sexuales. La Organización de las Naciones Unidas la consideró como una de las leyes más avanzadas del mundo en cuanto a libertades y derechos para el colectivo transgénero.
Kyara, que transicionó antes de la ley, la califica como un hito: “Yo creo que fue un antes y un después. Después hubo guerras. Hubo momentos difíciles, picantes”. La diferencia es que, a partir de la ley, cuentan con “algo de lo que agarrarse”. Kyara cuenta que, especialmente antes del 2012, le costaba ser vista en la calle. “En 2007, por ejemplo, ver a una travesti durante el día era muy raro. Las que éramos llamativas, padecíamos la mirada”. Mientras habla, repasa en su memoria un sinfín de miradas acusatorias, o de deseo, de desprecio e indignación. “¿Qué hace esta persona a la luz del día?”, le preguntaban con los ojos cuando iba a comprar al almacén.
Kyara aprendió a resignificar la mirada gracias a sus perras, tres Yorkshire con el pelaje lustroso y atiborrado de moñitos. Cuando empezó a sacarlas a pasear, la hacían recibir miradas distintas: curiosas, suaves, admiradoras de la dedicación hacia sus mascotas. “La gente venía, pero ya no con esa mirada de juicio a la travesti. Me veían como a la mamá de las perras. Empezábamos a hablar por ellas… y así me vinculé con mucha gente”, dice.
Con el paso de los años, supo aprovechar esa mirada en el ámbito profesional: “Ya que voy a ser mirada, que sirva para algo”, dice mientras sonríe. Tiene claro que, como guía de turismo, ser llamativa es una ventaja. Es imposible que no la escuchen o que la pierdan de vista. Actualmente trabaja como guía en un edificio declarado Monumento Histórico Nacional, donde ingresó gracias a la Ley de Cupo. Mientras narra con su voz de locutora la historia del lugar (porque también estudió locución, como una herramienta para seguir mejorando su desempeño profesional), su cuerpo avanza por los pasillos con la prestancia de quien se acostumbró a ser imponente y está en paz con eso.
***
Tamara entró a dos trabajos a partir de búsquedas abiertas a través de la Ley de Cupo, una provincial y otra nacional (en la Provincia de Buenos Aires, la ley fue sancionada en 2019). Es arquitecta y tiene más de 40 años, una edad a la que muchas chicas de la comunidad no llegaron, o lo hicieron con graves complicaciones de salud. Cabe aclarar que esa información es opaca, dado que esta población fue también excluida de que se contemplase su identidad de género en censos y relevamientos nacionales hasta 2022, por lo que a la fecha no existen estadísticas centralizadas acerca de la expectativa de vida de las personas trans en Argentina, o sea, no se sabe ni más o menos cuánto tiempo viven, aunque se estima que no más de 40 años.
Por eso es que Tamara, con su falda azul eléctrico que combina perfectamente con el tono de su reloj pulsera, es un soplo de aire fresco. Ella estudió, ejerció, se casó y tuvo hijos años antes de transicionar de la puerta de su casa para afuera. Durante todo ese tiempo se sentía una mujer: “Yo siempre me sentí mujer, pero nunca lo pude expresar. Venía de una familia muy tradicional y, si bien todo el mundo sabía, todo el mundo lo negaba. Me han tratado hasta medicinalmente porque en una época lo tomaban como una enfermedad”. Con el paso de los años y la aceptación y el amor de la familia que formó, empezó a tener más protagonismo. Cuando se abrió redes sociales como Tamara, sus compañeros del estudio de arquitectura en el que trabajaba desde hacía más de diez años la reconocieron y cuestionaron. “Decidí irme porque me empezaron a perseguir. Yo les preguntaba, ¿alguna vez tuvieron un problema conmigo?, ¿alguna vez pasó algo que haya tenido que ver con mi identidad de género? No. Entonces, no me jodan. Mi vida, por fuera del trabajo, es mi vida”, recuerda.
Desde ese día, empezó a buscar trabajo como Tamara. A pesar de tener un currículum extensísimo, tardó casi cuatro años en encontrarlo porque cuando llegaba el momento de la entrevista y la veían, le decían que no daba con el perfil. En cuanto se enteró de la Ley de Cupo y se anotó en las bases de Provincia y de Nación, la llamaron a la media hora de un lugar, y a los seis meses de otro: “Fue toda una movida. Nos juntamos con mi mujer y mis hijos a deliberar porque, si empezaba a trabajar como Tamara, los vecinos, los compañeros de trabajo, todos me iban a ver. Los chicos no tuvieron problema, pero si me hubieran dicho que no, hoy no estaría donde estoy”.
En el caso de Tamara, el primer lugar en el que pudo expresarse como deseaba a la vista de otras personas, fue su hogar. En el caso de Amado, el primer lugar en el que pensó que existía la posibilidad de expresar su género de un modo distinto al que le inculcaron desde que nació, fue en la Universidad Nacional de Lanús. Previo a eso, creció en un espacio religioso en el que no habilitaba la exploración de su expresión de género: “Mi viejo el otro día me preguntaba, ‘eras re femenina cuando eras chica, ¿qué onda?’ Y era porque no existía en mi cabeza la posibilidad de expresar algo que no sea eso, porque no conocía otra cosa”.
En la universidad, se encontró con trayectos de vida diferentes, con amigas que se volvieron referentes. En la actualidad, Amado se identifica como una lesbianidad trans no binaria, tiene 29 años y se reconoce como activista de Derechos Humanos. Trabaja dando talleres con y para personas trans, además de hacer trabajo administrativo en un espacio del área de salud del Conurbano, al que ingresó también a partir de la Ley de Cupo. Sostiene que construir comunidad es sanador y, en ese sentido, vital para el área de salud. Se siente a gusto con su expresión de género y lo remarca: “Sentirse a gusto implica un montón de cosas. Implica poder estar charlando en una cafetería, poder hablar relajado de quién soy, de qué hago. El no sentirse a gusto de una persona trans muchas veces implica no poder habitar espacios, no poder existir en lugares, y todas las personas merecemos nuestro lugarcito para existir”.

Foto: Ariel Gutraich
***
Si bien la Ley de Cupo está vigente y, desde 2021, la inserción laboral de este colectivo en el ámbito público aumentó más de 900%, su aplicación aún no es federal, y la permanencia en los trabajos es especialmente frágil. Según un informe del Observatorio Sindical de Géneros y Relaciones Laborales de ATE nacional, entre diciembre de 2023 y abril de 2024, al menos 80 personas travestis, trans y no binarias fueron despedidas de organismos públicos nacionales. A su vez, Virginia Silveira, docente y presidenta del comité de la Asociación Civil Mocha Celis, primer bachillerato popular travesti, trans y no binarie en la Argentina, advirtió que a partir de 2024 hubo más de 200 personas travesti-trans despedidas de sus empleos formales. La falta de transparencia y el incumplimiento del registro obligatorio que exige la ley, originalmente a cargo del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad (que desde diciembre de 2023 ya no existe), agravan el panorama, impidiendo conocer con exactitud cuántas personas trans ingresaron al Estado, cuántas fueron despedidas, y cuántas aún están buscando trabajo.
A pesar de no haberse normalizado la presencia de las personas trans en el sector laboral formal, son muchas más que antes las que pueden vivir esa experiencia, aportar su profesionalismo y contar su historia. A todas las personas entrevistadas para esta nota les pregunté si querían salir desde el anonimato, o con otro nombre. Todas quisieron conservar su identidad. Andy abrió la grabación diciendo: “No, dejalo. Me gusta que por lo menos se sepa quiénes somos”.
*Locutora nacional y estudiante del Profesorado en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.



Comentarios recientes