El año pasado, Argentina registró su récord histórico de suicidios, que ya triplican a los homicidios dolosos. Pero por fuera de la frialdad de las estadísticas, la psicóloga Miriam Maidana se sumerge en esta problemática para entenderla desde la subjetividad actual. Una reflexión profunda sobre el dolor adolescente, los vínculos tóxicos y el rol terapéutico del amor y la ilusión colectiva, pero, sobre todo, de la importancia de la palabra para desovillar los dolores a los que se enfrentan quienes sufren por no saber cómo vivir.

 

Quisiera saber hasta el color de tus huesos/ Estar entre tus sueños y tus pesadillas/ Perdón si es un infierno que yo sea tan intenso/ Vos sos mi santa por vos peregrino de rodillas
Por vos voy en misión suicida/ Pierde valor la vida cuando no soy tu diversión/ Inventaría un color más oscuro que el negro si vivo un futuro sin vos
Sentí que no eras suficientemente mía/ Quería saber a dónde estabas ese día/ Seguí tus pasos como si fuera un espía/ Nos descosimos todavía me sangra esa herida
Busco y no me encuentro/ Te encuentro y me deshago
Hoy es viernes por la noche y no estás en ningún lado/ Tus golpes en el suelo son mi único consuelo/ Espero que te abuses de mí
Por vos voy en misión suicida/ Pierde valor la vida cuando no soy tu diversión”
Dillom, Cirugía, “En cesárea”, 2024.

  

Dillom, cantante argentino de trap, es un gran cronista de adolescencias y relaciones tóxicas. También suele hablar en sus entrevistas de sus problemas amorosos, de consumos problemáticos, de su cuerpo. A simple vista podemos inferir que su panza le molesta -no tanto para dejar la cerveza y el fernet, pero le molesta-; que sus orejas son grandes; que la ortodoncia no lo atravesó en la niñez ni en la adolescencia; y que no tiene buen gusto para los tatuajes. Su primer disco se llama “Post Mortem”: lo presentó haciendo un funeral de sí mismo para vencer su miedo a morirse.

Pensemos pues que hay personas que pudieron hacer arte con sus malestares.
Otras, otros, ocupan camas en hospitales sobrecargados.
Han intentado suicidarse, y no lo lograron del todo.

S. se colgó: fue encontrada e ingresada a una guardia hospitalaria. No lo sabe, pero pudo haber quedado con muerte cerebral, cuadriplejia. Incluso pudo morir si tardaban unos minutos más en bajarla. No es su debut: venía de un derrotero de autolesiones, empastillamientos, penas de amor. S. no engrosa la estadística de consumidores problemáticos de sustancias, ni personas con dificultades económicas, ni con pérdidas afectivas, laborales o económicas. No: sus intentos suceden por una relación de noviazgo que arrastra hace dos años y cada vez es más tóxica, más dañina. Un relato habitual en adolescentes y adultos que quedan registrados bajo la nominación IAE (Intento de Autoeliminación, con fines de morir).

Cualquier persona con cierto acercamiento a redes estará al tanto de que, en la primera mitad de 2026, las estadísticas del Ministerio de Salud hablan de un 40% de incremento de intentos de suicidio en relación a años anteriores. UNICEF ubica al suicidio como la segunda causa de muerte en niños y adolescentes. Las guardias e internaciones hospitalarias están ocupadas en gran parte por personas que decidieron que, al no tener herramientas para vivir, estarían mejor muertas.

Porque en la concepción actual, no ubicamos tanto al intento de suicidio como un querer morir, sino con no saber cómo vivir. Cómo sobrellevar el día a día. La ausencia de herramientas -familiares, institucionales- para poder sobreponerse a esos movimientos psíquicos que taladran, aplastan y angustian, llevan al acto. La accesibilidad a la ejecución del acto, la inmediatez del mismo, da cuenta de un tiempo actual: medicación de todo tipo a disposición en los hogares, consumos problemáticos, ludopatías (son altísimos los niveles de endeudamiento que se desencadenan sólo con hacer “click”), violencias, bullying.


Pero, de acuerdo a la escucha actual, también está en juego la problemática del enamoramiento, la vinculación sexo-afectiva, el rol del amor en el alivio que provoca la palabra que enlaza, que escucha, que contiene, que cuida. Como para Freud, la cura es a través del amor. No del de pareja exclusivamente, ¿se entiende? Sino de un entorno que permita, de acuerdo a la etapa que se transite, poder sobreponerse y continuar.

Sin generación de proyectos, sin ideales, sin ilusión, solo podremos dar cuenta del aumento estadístico de una situación.

Y acá voy a tomar un dato de la realidad: con el buen desempeño de la Selección Argentina en el Mundial, las personas, aunque sea por unos días, volvieron a sonreír. Hay algunos motivos que podemos esbozar: la figura “ideal” de Messi, el juego colectivo, el acercamiento vía símbolos (las calles vacías cuando juegan, el celeste y blanco estampado en todas partes durante el día del partido, las juntadas para alentar a personas que funcionan como ideales y a quienes muchos quisieran tener en sus familias, ser sus amigos, ser como ellos). Es algo que se escucha en las consultas: las personas se sienten “parte”, volvieron a creer que forman parte de algo que ilusiona, que emociona, que enamora. La realidad no ha variado, pero hay un faro, algo que hace que estar despierto y vivir vuelva a tener algún sentido.

Veremos si en estos días bajan las estadísticas y alguna vez tomamos en cuenta que el problema es colectivo y que por ende no se resolverá solo desde la salud mental. Y también, que hay que hablar de la muerte. Porque, cuando lo hacemos, es porque estamos vivos… ¿o conocen muertos que hablen?


*Miriam Maidana es licenciada en Psicología (UBA). Psicóloga de Planta del Ministerio de Salud de Provincia de Buenos Aires. Docente UBA de grado (Docente regular de la PP “Variantes de la Consulta Ambulatoria” desde el año 2010) y de posgrado (Carrera de Psicoanálisis, Carrera de Psicología Forense, Programa de Investigación en Psicología Investigativa Criminal). Investigadora UBACyT entre 2008 y 2016. Ha colaborado como columnista en medios como Cosecha Roja y Revista Anfibia.