A cincuenta años de la muerte de Alejandra Pizarnik

Por Mariana Komiseroff

 

Estuve leyendo y escuchando mucho antes de ponerme a escribir sobre Alejandra. La llamo por su nombre de pila porque sus poemas generan una intimidad tal, que una se cree amiga y confidente de la poeta. En uno de los podcasts que escuché, la conductora se preguntaba si Pizarnik, de haber nacido en esta época, hubiese sido una poeta de Instagram. En el programa llegaron a la conclusión de que no, de ninguna manera. Como si escribir poemas en la plataforma de la red social le quitara solemnidad a la figura de la poeta oscura. Como si el filtro Instagram fuese capaz de ocultar los genuinos padecimientos de la salud mental. ¿Para qué ahondar en esa pregunta si ya la literatura es un ejercicio inútil? me pregunté. Y cuando digo que la literatura es inútil, lo digo pensando que la belleza del lenguaje no puede salvarnos frente al cuarenta por ciento de pobreza en la Argentina. Ni relativizar la certeza de las estadísticas que señalan que la depresión es la principal causa de discapacidad por enfermedad. Ni revertir la tendencia actual de aumento de casos, se espera, si se continúa con la contabilización, que para 2050 la depresión encabezará la lista de enfermedades más frecuentes superando a todas las demás.

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.

Como buena romántica-surrealista, Pizarnik, no estaría de acuerdo con las conductoras del podcast (¿o sí), la obra y la vida para ella son una sola cosa, se nota una aspiración de fundirse con el arte. Se dejó llevar por la aspiración de poner en práctica la literatura y demostrarla, para constatar que solo es posible vivir entre líneas.

¿Estaría de acuerdo con mi afirmación de que la literatura no sirve para nada? En una entrevista que le hizo Martha Isabel Moia en 1972, Pizarnik dice:

Me oculto del lenguaje dentro del lenguaje. Cuando algo -incluso la nada- tiene un nombre parece menos hostil. Sin embargo, existe en mí la sospecha de que lo esencial es indecible.

Me queda resonando otra pregunta inútil. ¿Alejandra estaría viva hoy que está sancionada, y a medias aplicada, la ley de salud mental? ¿Hubiese sobrevivido a la pandemia?

La poeta se suicidó el 25 de septiembre 1972. La ley 26.657, que introdujo la perspectiva de los derechos humanos en el abordaje de los padecimientos mentales, fue sancionada el 25 de noviembre de 2010.

Creía, romantizando aún más el mito Pizarnik, que Alejandra era de una familia pobre, pero gracias a Cristina Piña, la primera en escribir un libro sobre ella en 1982, descubrí que sus padres eran de clase media y de una formación cultural importante, que a sus catorce años tuvo una visión del yo dividido, una especie de lucidez que la reveló entonces como una chica prodigio, y no como una enferma psiquiátrica como podría pensarse hoy, por ejemplo, en una esquizofrénica.

Vivo a veinte minutos de Santa Rosa, la capital de La Pampa. Una adolescente, hace unos días, se tiró del techo de su escuela secundaria. Tenía un certificado médico de su psiquiatra que decía que no podía asistir al colegio, sin embargo, las psicopedagogas, directivos y la familia consideraron que era mejor para su integración que siguiera asistiendo a clases. Si la chica hubiese tenido algún padecimiento físico nadie hubiese puesto en duda la competencia del médico. Nunca pudimos superar esa separación occidental y arbitraria entre el cuerpo y la mente, es un problema político.

El poder de las tres grandes religiones monoteístas radica, en parte, en la promesa de otra vida después de la muerte. Si mente y cuerpo son una sola cosa esa promesa se cae y junto a ella el edificio de la religión oficial, dice el psiquiatra, ex presidente de la Asociación de Psiquiatras Argentinos, Santiago Levin en su libro Volver a pensarnos. Salud mental y pospandemia.

Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

En otro capítulo, Levin agrega que es prácticamente innecesario explicar qué es la depresión, y, sin embargo, todo comentario sobre ella pareciera caer en el vacío. Todos sabemos qué es, pero al mismo tiempo no nos damos por enterados. Hay algo más fácil de comprender en los otros que en uno o una misma. Hay algo allí de tabú, de estigma, de innombrable, de lo indecible. Levin considera que nos cuesta tanto hablar de la depresión porque vivimos en una cultura anti-tristeza y si bien, la depresión no es solo tristeza, la incluye.

Soy una escritora que escribe en prosa, no había escrito nunca un poema hasta el 2018. La primera vez que el lenguaje se me rompió en versos no fue la primera vez que me volví loca, sin embargo, creo que ahí comenzó la depresión que se profundizó con la pandemia y con la que todavía lidio. Me pregunto qué hay entre la poesía y la angustia como mito fundante de la escritura en verso, qué hay entre la poesía y la muerte.

La poesía es lo único que te salva de la banalidad de lo real.

En Alejandra Pizarnik, una biografía de 1991, Cristina Piña dice que «parte responsable de su muerte es del mundo literario de la época, por fomentarle y festejarle el papel de enfant terrible que ella actuaba» y señaló que “la singular inquietud que nos producen los textos de Alejandra en gran medida se relaciona con el hecho de que su muerte se erige en autenticación retrospectiva de su obra suicida.” El escritor Walter Lezcano, opina que ninguna muerte, por más romántica o espectacular que sea, mejora ninguna obra.

La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos.

Repetía yo desde mi adolescencia obsesionada sin saber del todo qué significaba esa frase, cuando aún quería hacer la revolución más definitiva y luego, años después cuando la medicación hace efectos rebote en mi psiquis la repito y entiendo, no sé si será lo que Alejandra quiso decir, es lo que yo necesito entender, la rebelión es íntima, privada, intransferible. No hay persona, por más pendiente que esté de nuestro dolor a quien pueda trasmitírsele algo de esa tristeza. Así y todo…

Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.

 


Mariana Komiseroff nació en Don Torcuato, en 1984. Publicó el libro de cuentos “Fósforos mojados” (Suburbano Ediciones 2014), la novela “De este lado del charco” (Editorial Conejos 2015); la novela “Una nena muy blanca” (Emecé 2019) y el poemario “Györ Cronograma de una ausencia” (Patronus 2022).

Obtuvo una mención de la Secretaría de Cultura y la Fundación Huésped en el Concurso Cultura Positiva en 2006, y ganó el segundo premio Itaú Cuento Digital en 2013. Fue seleccionada para la residencia de artistas Enciende Bienal, y para el campus de formación de la Bienal de Arte Joven 2017. Obtuvo, entre otras, la beca a la creación del Fondo Nacional de las Artes y la beca Jessie Stret para la diplomatura en Derechos humanos de la mujer de la universidad Austral de Salamanca en 2018.