«¿Quién me necesita?» Es una cuestión de carácter que sufre un cambio radical en el capitalismo moderno. El sistema irradia indiferencia.
Richard Sennett, “La corrosión del carácter”. 1998
Hay escenas que condensan una época. La de un docente que, obligado por la insuficiencia de su salario, conduce de noche para una aplicación de transporte y es asesinado por un policía que sale a robar es una de ellas. No se trata sólo de un crimen, ni siquiera sólo de un efecto de la crisis económica: es la expresión de un proceso más profundo, que Richard Sennett definió hace décadas como la “corrosión del carácter”. Es decir, la erosión de las narrativas coherentes de vida bajo condiciones de trabajo inestables, fragmentadas y sin horizonte.
En el mundo que describió Sennett tras la caída del Muro de Berlín, en tiempos de desregulación y primacía del mercado, el trabajo dejaba de ser un principio organizador de la vida. Ya no permitía proyectar una trayectoria, acumular experiencia con sentido ni construir una identidad duradera. En la Argentina contemporánea, esta tesis adquiere una densidad particular. El docente asesinado encarna, en su doble jornada, la imposibilidad de sostener una narrativa laboral unificada. Su vida se fragmenta en segmentos inconexos, cada uno regido por lógicas distintas: la vocación pedagógica, por un lado; la supervivencia económica, por el otro.
Pero la escena se vuelve aún más inquietante cuando incorporamos al otro protagonista: el policía que roba y mata. Si el docente representa la fragmentación del trabajo, el policía encarna la degradación de la institución estatal en ese mismo proceso. Cuando las instituciones pierden coherencia, cuando no logran sostener normas estables y previsibles, sus miembros quedan librados a estrategias individuales de supervivencia. La policía bonaerense, atravesada por bajos salarios, condiciones laborales precarias y una cultura institucional ambigua, se convierte en un terreno fértil para esa descomposición. El agente que sale a robar es también el producto de una institución que ya no logra organizar la conducta de sus miembros en torno a un ethos claro. Tras décadas de “hechos aislados” la frontera entre proteger y depredar se volvió difusa, y con ella se desdibuja también el sentido mismo del rol policial.
Si el carácter, entendido como la capacidad de sostener compromisos a largo plazo, de reconocerse en una historia propia, se ve afectado cuando las condiciones sociales impiden la continuidad. ¿Qué tipo de carácter puede construirse cuando el esfuerzo no garantiza estabilidad, cuando la dedicación a una profesión socialmente valorada no alcanza para vivir? La figura del docente obligado a “rebuscársela” fuera de la escuela ilustra esta tensión: la vocación persiste, pero ya no organiza la vida. El ingreso de las plataformas digitales intensifica esa corrosión y la lleva al paroxismo. Conducir para una aplicación implica también una temporalidad discontinua, gobernada por la demanda instantánea y por algoritmos opacos. No hay carrera, no hay progresión, no hay comunidad laboral.
El encuentro entre ambos puede leerse como la colisión de dos formas de vida corroídas por la misma matriz estructural: ambos están insertos en un mundo donde el trabajo ha dejado de ser una fuente de estabilidad y de reconocimiento. Sin embargo, sus respuestas a esa condición divergen radicalmente: uno multiplica sus esfuerzos dentro de los márgenes de la legalidad; el otro los abandona. La tragedia ocurre en ese cruce, donde la fragilidad de uno se encuentra con la violencia del otro. Luego las biografías fragmentadas se superponen: trabajadores formales que simultáneamente son informales o se precarizan en lo que antes eran sus ratos libres, agentes estatales que suspenden su rol, economías legales e ilegales que se entrelazan. En ese entorno difuso, la promesa de continuidad que alguna vez ofrecieron el trabajo y el Estado se desvanece, y deja lugar a una lógica de la contingencia permanente.
Conurbano, inmediatez y crisis
Sennett advertía que la corrosión del carácter tiene efectos subjetivos profundos: ansiedad, desorientación y dificultad para proyectar el futuro, pero al mismo tiempo es el insumo principal del orden del capitalismo actual:
“Lo que hoy tiene de particular la incertidumbre es que existe sin la amenaza de un desastre histórico; y en cambio, está integrada en las prácticas cotidianas de un capitalismo vigoroso”.
Cuando la imposibilidad de planificar a largo plazo se convierte en un rasgo colectivo, que afecta las formas de sociabilidad y de organización comunitaria la violencia no puede pensarse únicamente como un problema de seguridad, sino también como una consecuencia de esa desarticulación de las trayectorias de vida. Y si las instituciones no ofrecen marcos estables y el trabajo no permite construir identidades duraderas, la regulación de la conducta se vuelve más frágil. La violencia emerge como una forma de resolver tensiones en un mundo sin garantías.
La figura de Cristian Pereyra, el docente asesinado toma un carácter paradigmático que representa a quienes intentan sostener una narrativa de vida coherente en condiciones que la vuelven casi imposible. Su muerte es la evidencia de los límites de ese esfuerzo. ¿Qué ocurre cuando incluso las estrategias más virtuosas como trabajar más, ejercer el imperativo categórico del liberalismo tuitero de “agarrar la pala” no alcanzan para garantizar la seguridad básica? Por su parte, Matías Rivero, el policía, encarna el reverso de esa misma crisis: ni siquiera las instituciones que aún revisten algún grado de “solidez” proveen los soportes necesarios para la construcción de ese carácter. La responsabilidad existe, pero no es independiente de las condiciones que la hacen más o menos probable.
El problema, lejos de agotarse en lo salarial, permea en todo el sustrato sobre el que se construye nuestro ejercicio de vida. Por supuesto que la pérdida del poder adquisitivo, de salarios que desde el inicio eran magros, horada cualquier tipo de proyecto de vida digna. Por supuesto que la exposición de los sectores de menores recursos (de donde proviene la mayor cantidad de efectivos policiales) al endeudamiento y a las plataformas de apuestas online profundiza la situación de origen. Pero si no se comprende que la dinámica que toman los acontecimientos en esta versión de neoliberalismo aceleracionista, que se apalanca en la incertidumbre y la prima de riesgo, conduce a un estadío de fragmentación social mucho más complejo del que existe hoy en día, veremos como la mejora en los salarios se puede acumular sin que ello redunde en una sociedad compacta y solidaria.
*The Walking Conurban es una cuenta en Instagram y Twitter que crearon Diego Flores, Guillermo Galeano, Angel Lucarini y Ariel Palmiero, cuatro amigos de Berazategui que la iniciaron como una dinámica interna del grupo y se terminó convirtiendo en un suceso virtual que, hoy, recibe más de 50 fotos por día de sus seguidores para pintar, colectivamente, el Conurbano bonaerense.



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