Un chancho me robó los anteojos. Fue tan glamoroso como suena, o peor.

Yo estaba recostada en una playa rocosa. El cielo, el suelo y el océano competían por quién estaba más gris y, sin embargo, hacía un calor derritiente que me obligó a usar la bikini. Encima me había puesto la rosa, que era una de las feas —de las percudidas— porque las vacaciones casi terminaban y me había dado fiaca lavar las otras que ya había usado. En un infructuoso intento de tomar sol sin terminar pareciendo un tomate (un poco porque no había sol y otro poco porque mi piel está configurada en blanco papel o rojo furioso, sin más matices que los de mis ampollas), me encontraba recostada como quien no quiere la cosa, boca abajo, en la costa. Simulaba disfrutar del libro que me había llevado mientras una amiga me extendía unos mates muy ricos.

Cuando me rendí al aburrimiento y estiré la mano para buscar los anteojos de ver de lejos (siempre los agarro antes de incorporarme, no veo un soto y la sola idea de estar levantada así de vulnerable me da vértigo), sentí pelos. Y grité. ¿Qué otra cosa podía hacer? Y mi amiga gritó, y mis otras amigas, que se habían ido a comprar unos sánguches, vinieron corriendo porque reconocen mi grito verdaderamente afectado de mis grititos por pavadas habituales. Sentí pelos, grité y traté de enfocar la mirada. Atiné a ver un masacote gris que se alejaba, a tantear que mis anteojos no estaban, a escuchar “¡un chancho te robó los anteojos, Jimena!” en tono jocoso y horrorizado en partes iguales. Y a correr. Seguía sin ver nada. Estoy tan acostumbrada a estar media ciega que, cuando me ciega la rabia, lejos de achicarme me potencio.

No pensé en mis pobres pies, corriendo descalzos contra las rocas, hasta el amanecer del día siguiente, cuando me acordé también de la madre y de todos los muertos del chancho ese. Tampoco pensé en mis tetas y en la oportunidad única de huir de la bikini percudida que les estaba ofreciendo. Me acordé fugazmente de ellas cuando me crucé (me llevé puesto) a José: mi exmarido. El pudor vino más tarde, pues estaba ocupada insultándolo. «¡Correte, infeliz!», gritaba, porque se había puesto justo entre medio del chancho y yo. Lo empujé, corrí un poco más, tacleé al animal (yo sabía que jugar al rugby me serviría de algo) y en un chillido horrible, ajeno al resto de mi vida, un sonido que no volví a escuchar jamás, le saqué mis anteojos. Nuevos, encima. Mordisqueados, ahora, en una de sus patitas. Victoriosa, empecé a los saltos, a agitar los brazos al ritmo de una melodía imaginaria, a hacerle la “V” de la victoria con los dedos a las chicas que me miraban desde el otro extremo del horizonte, muertas de risa. Pasaron unos minutos hasta que me di cuenta de que, efectivamente, tenía una teta al aire. Mientras me la acomodaba, vi que el muchacho al que había empujado me estaba mirando. En su defensa, lo estaban haciendo todos los que presenciaron mi hazaña. Pero con él cruzamos miradas mientras me subía el bretel, y me sonrojé como una tarada.

El chancho seguía al lado mío. Pobre chancho. Con los anteojos puestos vi que era como Platero, enorme, peludo y gris. Bueno, de todo eso Platero sólo era peludo. Tal vez no se parecía mucho a Platero, pero en sus ojitos —una vez que pude verlos— encontré la mirada de un niño que quiso invitarme a un juego. No se engañen, todavía le tenía bronca (todavía un poquito le tengo) por sentir el plastiquito de la patilla mordido, bastante astillado, su baba aún fresca en mi sien. Y su hociquito olisqueando el aire, como pidiendo disculpas.

Volví hacia la lona, todavía vencedora pero culposa por el chancho. Pensaba que por ahí le había hecho mal al taclearlo, que por eso se había quedado tan pillo a mi lado. Por la forma en que me siguió… creo que me equivoqué. Quería jugar el señor. Con las chicas le pusimos Platero. Cuando le dijimos que sus fachas no tenían mucho que ver con las del burro, retrucó que era parecido de alma. Le tiramos la pelotita que viene con las paletas del tenis de playa hasta que se cansó de hacerla rodar con el hociquito, le compramos un choclo con manteca, y el vendedor le regaló otro. Lo llamó Jonny, nos contó que era un bicho muy querido por esos lados, que nadie sabía de dónde había salido ni dónde vivía, pero siempre que aparecía le daban algo para comer. Los locales creían que alimentarlo era de buena suerte, que Johnny era señal de buen augurio y que había que tratarlo bien. Yo, que además de culposa soy supersticiosa, me consolaba pensando que no lo lastimé, que tampoco lo tacleé tan fuerte, que el chillido que hizo era normal en su especie y demás justificaciones que se me olvidaron cuando, de entre los médanos, con la pelota babeada en la mano, apareció José. Primero preguntó si podía jugar con nosotras y el chancho. Mis amigas, a quien obviamente les había contado mi secuencia con él, apenas disimularon cuando le dijeron que sí, que dale, que por dónde se estaba quedando.

Recién salimos de firmar los papeles. Fuimos por un trago. «Cerveza rubia para la dama y ron con coca para el caballero», pidió sin mirar la carta y se puso colorado. Tantas veces dijo esa frase con los años. Tantos momentos felices, tristes, amargos. Me miró, como pidiéndome perdón. Le dije con los ojos que estaba todo bien, no iba a inundarlo todo con mi llanto. Me había prometido no terminar como empezamos. No quería hacer un espectáculo, esta vez. Necesitaba cambiar de tema. Rápido. Me masajeé la sien, en búsqueda de cualquier cosa que nos protegiera del momento que estábamos atravesando. El último juntos, probablemente; por un tiempo, seguramente. La escuché. La patilla derecha del anteojo, ese que en décadas no cambié, diciéndome, «hablale de mí». Me saqué los lentes despacio. Es un gesto que, sé, a José lo desparrama y, aún divorciada, me encanta que sea así.

Se los dí.

“¿Te acordás del día que el chancho me robó los anteojos? Tenía razón el vendedor de choclos, a que sí”.


*Locutora nacional y estudiante del Profesorado en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.