A 50 años de la última dictadura cívico-militar, la autora del libro que reconstruyó la historia de la Casa de Belén recupera la brutalidad que el terrorismo de Estado desplegó también sobre las infancias y resalta la importancia de reescribir la historia construyendo un futuro de protección, cuidado y respeto.
Por Mónica Szurmuk
En 1981, Ricardo Piglia publicó Respiración Artificial, la primera novela de denuncia de la dictadura editada dentro del país. El epígrafe de la obra proviene de un poema del poeta norteamericano T.S. Elliot y es a menudo citado por críticos de la obra de Piglia, en el inglés original, tal como aparece en el libro: “We had the experience but missed the meaning, and approach to the meaning restores the experience”. En un nosotros colectivo, Piglia, a través de T.S. Elliot, afirma que tuvimos la experiencia, pero no logramos entender qué significaba; acercarnos al significado restaura la experiencia.
A cincuenta años del golpe militar que dio inicio a la brutal dictadura de 1976-1983, seguimos rondándole a la experiencia, recuperando historias, tratando de reconstruir un rompecabezas al que siempre le faltarán piezas. Muchos pensadores y pensadoras parten del otro extremo: intentan entender el significado de esas experiencias límite que vivimos como sociedad para hacer sentido, construir futuro, armar archivo.
En busca de alguna de esas piezas perdidas, escribí un libro en el que reconstruyo la historia de la Casa de Belén, un hogar de guarda en el que fueron recluidos y abusados niños y niñas víctimas de la represión en Banfield, el barrio de mi infancia.
Cuando empecé a escribir sobre el tema, me obsesionaba cierto paralelismo geográfico entre esta casa y el Pozo de Banfield, el campo clandestino de detención, tortura y exterminio que fue parte del circuito Camps durante la dictadura. En Google Maps se veía a ambos edificios suspendidos a los lados del eje que marca el ferrocarril Roca. Se podía calcular cuánto se tardaría caminando de un lugar a otro (menos de una hora), y mucho menos en bicicleta, en colectivo o en auto.
El Pozo tenía una historia policial y militar y estaba en la parte baja de Lomas de Zamora, a pocas cuadras del Camino Negro y del acceso rápido a otras áreas de la provincia de Buenos Aires. La Casa, por otro lado, está a pocas cuadras de la estación de Banfield, en un barrio clasemediero que en ese entonces era de casas bajas. Las crueldades que sucedieron en los dos los inscriben como parte del sistema concentracionario, dato que resaltaron los jueces en el fallo del juicio concluido en julio de 2023.
En una trampa de mi memoria recuerdo caminar sola por el barrio a los cinco o seis años con un vestido blanco almidonado, regresando de la casa de mis abuelos, esperando que alguien me ayudara a cruzar “la avenida” que en ese tramo se llama Alsina; y que se conoce como Almirante Brown en Lomas de Zamora; y como Espora en Adrogué. Mientras escribía el libro, me di cuenta de que la memoria era apócrifa: nos mudamos del otro lado de Alsina cuando yo tenía 11 años. ¿Habré estado alguna vez en esa esquina esperando que alguien me ayudara a cruzar? No lo sé. Lo que este recuerdo me traía, sin embargo, era una advertencia: todos deberíamos vivir en un lugar donde los niños y las niñas estén seguros.
El ejercicio de la memoria
Durante los años 2022-2024, coordiné un proyecto de investigación-acción sobre memoria en tres escuelas secundarias de Banfield. El primer ejercicio que realizábamos con los y las estudiantes era cartografiar los recorridos de la llegada a la escuela todos los días. Les pedíamos a los chicos y las chicas que nos contaran cómo se desplazaban, qué pensaban, qué sonidos escuchaban por el camino, qué olores acompañaban el recorrido, qué sensaciones físicas sentían (sueño, cansancio, miedo, frío). Luego, les decíamos que la dictadura sucedió en todos los espacios de esos recorridos.
Aunque durante nuestro trabajo juntos los llevaríamos a visitar sitios de memoria, la dictadura había impactado a todo el barrio, en todos los barrios del país. En los sitios de memoria, afirmábamos, se condensaban significados, pero la violencia sucedía en todos lados, dentro y fuera de las casas también.
Nadie estaba a salvo, los niños y las niñas tampoco.
La Casa de Belén
La casa donde aún funciona la Casa de Belén, dentro del sistema de minoridad de la provincia de Buenos Aires, está en Pueyrredón 1651, Banfield. Es una construcción baja, sencilla. En 1977 se destinó a ser casa de guarda. La idea fue del párroco de la Iglesia la Sagrada Familia. Un grupo de feligreses formó una comisión directiva para ocuparse del día a día. El cura designó a una familia de Monte Grande para ser padres sustitutos: eran Dominga Vera y Manuel Maciel, quienes llegaron con sus tres hijos a principios de 1977 a instalarse en la casa. Se dice que el cura fue quien los eligió, pero nadie sabe por qué.
En 2011, la hija de ellos declaró ante el fiscal que antes de llegar a la Casa, Maciel ya era “bruto a más no poder.” En la Casa estuvieron bajo su voluntad entre trece y quince chicos, cinco de los cuales eran víctimas directas del sistema represivo. Los primeros en llegar, una tarde de abril de 1977, fueron Carlos, María y Mariano Ramírez. Hacía menos de un mes que su madre, Vicenta Orrego Meza, había sido asesinada por fuerzas conjuntas del ejército y la policía bonaerense.
Vicenta y su marido Julio Ramírez habían llegado de Paraguay a principios de la década de 1970. Se establecieron en el barrio IAPI de Quilmes, donde acompañaban la tarea de curas tercermundistas. Julio era albañil y trabajaba en la Capital y en su tiempo libre hacía obras para mejorar la vida comunitaria en la zona. Vicenta tenía un quiosco y organizaba actividades para niños y jóvenes en la parroquia.
En 1974, Julio fue detenido y llevado a la Unidad 9 de La Plata, donde estuvo preso hasta 1980. Vicenta tuvo que abandonar la casa que habían construido con Julio y donde vivía con los tres chicos que habían nacido en la Argentina: Carlos en 1971, María en 1972 y Mariano en 1974. Vicenta tuvo que mudarse varias veces porque era hostigada por la policía. Cuando el cura que la protegía fue asesinado a fines de 1976, abandonó el barrio y se instaló con los tres chicos en una casita de Nother y Santa Cruz del barrio San José, en Almirante Brown. Los vecinos la recuerdan juntando comida, jugando con los chicos, acompañándolos a buscar agua de la única bomba de la manzana.
La noche del 15 de marzo de 1977 todo cambió. Dos docenas de hombres llegaron a la madrugada con armas largas, a los gritos. La comisaría de Adrogué había liberado la zona. Vicenta sacó a los chicos mayores de la casita y salió con el más chiquito en brazos y un trapo blanco, se estaba rindiendo. La acribillaron. El vecino de enfrente vio cómo el policía que tiró el último disparo separó el cuernito del nene del de la madre con una patada. Esa noche fueron asesinados también dos compañeros a quienes Vicenta les había dado refugio dos semanas antes: María Florencia Ruival y José Luis Alvarenga. Vicenta tenía 27 años, María Florencia tenía 28 años y estaba embarazada, José Luis Alvarenga tenía 28 años también, y un hijo muy chiquito. Cuando los perpetradores se fueron, un vecino llegó a contar cien impactos de bala en la pequeña casa. Se llevaron los cuerpos en una camioneta morguera y los enterraron como NN en el cementerio de Rafael Calzada.
Complicidades
Los vecinos que cuidaron a los chicos después del operativo, los llevaron a la comisaría de Adrogué y luego al juzgado de menores a cargo de la jueza Martha Delia Pons. Los chicos mayores sabían sus nombres, tenían actas de nacimiento, DNIs, recuerdos. La jueza y su secretaria anotaron a los tres como NN y los internaron primero en el Hogar Pereyra de Lomas de Zamora y luego en la Casa de Belén. No hay ningún registro del paso de los chicos por el Hogar Pereyra ni se sabe con seguridad quién los retiró para llevarlos a la Casa de Belén.

Casa de Belén, en Banfield.
Cuando llegaron, a María Ramírez le sacaron los aritos que le había puesto su mamá y le dijeron que tenía que llamar mamá a Dominga Vera y papá a Manuel Maciel. Manuel abusó física, emocional y sexualmente de los chicos que pasaron por la casa. María fue violada repetidamente desde los siete años hasta los doce, cuando fue recuperada por su padre.
Desde el asesinato de Vicenta en 1977, Julio Ramírez nunca dejó de hacer gestiones para recuperar a sus hijos. Durante años escribió cartas a la jueza Pons. A pedido suyo, su hermana Lucila viajó desde Paraguay al conurbano y se estableció en Avellaneda para poder estar dentro de la jurisdicción del juzgado donde estaba alojado el caso de su sobrino e iba semanalmente a reclamar la guardia. María Felicitas Elías, la primera asistente social asignada al caso, hizo un informe positivo del grupo familiar de Lucila, que incluía a su compañero, su hijo y su madre. Se podían hacer cargo de los chicos, escribió, tenían una casa amorosa. Cuando entregó el informe, la jueza le dijo “esta no es la pericia que preciso” y asignó el caso a otra asistente social.
Los tiempos de la reconstrucción
Julio Ramírez fue liberado en 1980 y consiguió asilo político en Suecia. Desde allí, siguió reclamando la tenencia de sus hijos. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) se hizo cargo de su caso y en 1983, en la última sentencia de la Corte Suprema de la dictadura, se ordenó la reunificación de la familia. EL CELS preparó a los chicos para la transición.
En noviembre de 1983, Angélica “Chela” Sosa de Mignone y Laura Jordán de Conte fueron a la Casa de Belén a ver a los hermanos Ramírez. Chela tenía una hija desaparecida; Laura tenía un hijo desaparecido. Desde el momento en que desaparecieron sus hijos, ambas mujeres se dedicaron apoyar a otras familias víctimas de la represión y estuvieron dentro del grupo fundador del CELS.
Ese día, en la Casa de Belén, Chela y Laura les mostraron una foto de su papá en Suecia, un hombre erguido y flaco en un paisaje de nieve. Trajeron un grabador y les hicieron escuchar su voz.
En diciembre de 1983, los hermanos Ramírez partieron con su padre a Suecia. María temía que los abusos continuaran y durante años durmió con un cuchillo bajo la almohada.
Han pasado ya más de cuarenta años desde aquel viaje. La familia Ramírez nunca dejó de reclamar justicia. En julio de 2023, viajaron a la Argentina para estar presentes en la lectura de la sentencia y agradecieron a los jueces y al sistema judicial la resolución de su caso. María Ramírez es la portavoz informal de la familia. Vive en Suecia, es enfermera y pintora. Desde esos roles sigue reconstruyéndose todos los días, ayudando a quienes sufren y reclamando por memoria, verdad y justicia. Cuando volvió a Suecia luego del juicio, María pudo cambiar el modo de pintar, los colores de sus cuadros, imaginarse un futuro nuevo, incluir a su propio hijo en la pintura. Luego volvió a la Argentina con sus cuadros para compartirlos, para contar su historia de abusos, maltrato y despojo y también el camino de recuperación.

El hogar Belén, por María Ramírez. Foto: Infobae
En el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi, Piglia anota un recuerdo infantil, quizá tan apócrifo como el mío. Está sentado en el zaguán de su casa de infancia en Adrogué, tiene tres años y hace como que lee un libro para que los que bajan del tren que viene de Constitución lo admiren. Alguien le da vuelta el libro, está leyendo al revés. Piglia se imagina que ese alguien es Borges.
Los jueces dictaminaron que la Casa de Belén debía transformarse en sitio de memoria, María sueña con que sus cuadros cuelguen allí. En el fallo se estableció también que los diarios que dieron información falsa sobre el operativo del 15 de marzo de 1977 debían rectificarla y que la sentencia se debía traducir al guaraní para honrar el idioma familiar de la familia Ramírez Orrego. Nada de eso ha pasado.
Cuando pienso en la Casa de Belén como sitio de memoria, la imagino llena de chicos que reciben allí apoyo médico y escolar, que van a aprender, a cantar, a pintar, a leer. Imagino infancias protegidas, cuidadas, respetadas. Porque la historia se reescribe desde el futuro.

*Mónica Szurmuk es investigadora principal del CONICET y profesora en la UNSAM, donde codirige la Maestría en Literaturas de América Latina. Recibió su doctorado en Literatura Comparada en la Universidad de California y ha sido profesora e investigadora en universidades de Estados Unidos, México y Europa. Es autora de los libros “Mujeres en viaje”, “Women in Argentina”, “Early Travel Narratives” y “La vocación desmesurada: Una biografía de Alberto Gerchunoff”. Ha coeditado los libros “Memoria y ciudadanía”, “Diccionario de estudios culturales latinoamericanos” y “Sitios de la memoria: México Post ‘68”, entre otros. Actualmente, coordina el proyecto “Cartografías íntimas en comunidad”, que propone modos originales de trabajo de memoria con adolescentes en Lomas de Zamora.



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